El amor humano es tan frágil… Puede romperse cuando falta el cuidado y se enfría el alma.
Cuenta una leyenda de los indios sioux que unos novios querían que su amor fuera eterno y le pidieron consejo al brujo sabio del poblado para permanecer siempre unidos.
Buscaban un arma para que su amor fuera siempre igual de hondo, apasionado y verdadero.
Y él les pidió que cada uno por su lado buscara un ave. Él un águila. Ella un halcón. Volvieron a su presencia con sus presas. Él les dijo:
«Atad sus patas con un cordel suave pero firme. Con mucho amor, con mucha ternura, pero un lazo firme».
Así lo hicieron y lanzaron las aves al cielo esperando que volaran en armonía. Pero el halcón y el águila, acostumbrados a volar en soledad, no podían alzar el vuelo.
Con furia se revolvían la una contra la otra tratando de separarse. No lograban alzar el vuelo tirando en direcciones opuestas. Entonces el sabio les dijo:
«Vayan juntos pero no atados como el halcón y el águila».
Unidos siempre, juntos siempre, pero no atados, aunque el cordel que una esté lleno de amor.
El papa Francisco ha manifestado hoy públicamente su dolor y vergüenza por la incapacidad de la Iglesia en prevenir y acompañar a las víctimas de abusos sexuales cometidos por miembros del clero en Francia durante los últimos 70 años.
En la audiencia general del miércoles en el aula Pablo VI, el Pontífice lució afligido al referirse al informe independiente que fue entregado ayer a la conferencia episcopal de Francia.
Una comisión se encargó de evaluar la amplitud del fenómeno de las agresiones sexuales y la violencia contra los menores desde 1950.
Tristeza y dolor
“Por desgracia, las cifras son considerables. Me gustaría expresar a las víctimas mi tristeza y dolor por el trauma que han sufrido«, ha expresado el Papa de 84 años.
El Pontífice ha reconocido públicamente la espantosa realidad del contenido del informe de la Comisión Independiente sobre los Abusos Sexuales en la Iglesia (CIASE) en Francia.
De hecho, el informe ha indicado que sacerdotes y religiosos abusaron de 216.000 menores en Francia entre 1950 y 2020; si bien la cifra ascendería a 330.000 si se tiene en cuenta a los laicos que trabajaron en las instituciones religiosas. Según informó el presidente de la CIASE, Jean-Marc Sauvé.
En este contexto, el Papa ha manifestado ante el dolor de las víctimas: «nuestra vergüenza, mi vergüenza por el hecho de que la Iglesia no les haya puesto durante demasiado tiempo en el centro de sus preocupaciones, asegurándoles mis oraciones. «.
El informe, que tiene casi 2.500 páginas, señala que la «gran mayoría» de las víctimas eran niños preadolescentes, de 10 a 13 años, de una amplia variedad de orígenes sociales.
Vergüenza
“Rezo y rezamos todos juntos: a ti Señor la gloria, a nosotros la vergüenza. Este es el momento de la vergüenza. Animo a los obispos y a vosotros, queridos hermanos, que habéis venido a compartir este momento…”.
Esto lo dijo el Papa en presencia de los grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo congregados en el aula Nervi para la audiencia semanal.
“Animo a los obispos, a los superiores y a los religiosos a que sigan haciendo todo lo posible para que no se repitan tragedias similares”.
El Pontífice luego expresó su cercanía y apoyo paternal “a los sacerdotes de Francia ante esta prueba, dura pero saludable, e invito a los católicos franceses a asumir sus responsabilidades para que la Iglesia sea un hogar seguro para todos. Gracias”, ha concluido, comentando el resultado nefasto de dos años y medio de investigación marcada por casi 250 audiciones de víctimas en la Iglesia de Francia.
Cabe recordar que a principios de este año, el Papa Francisco cambió las leyes de la Iglesia para criminalizar explícitamente el abuso sexual, en la mayor revisión del código penal en casi 40 años.
A veces es una soledad física, que en cierto sentido es más fácil de resolver. Por ejemplo, invitando a algún amigo a tomar un café o hacer una llamada telefónica.
Pero hay otras veces en las que sentimos otro tipo de soledad. Una que no sabríamos cómo explicar. No tenemos palabras para explicar por qué, pero nos vemos a nosotros mismos repitiendo «me siento tan solo». Nos sentimos «existencialmente solos».
En cierto sentido, como lo explicó en una audiencia general san Juan Pablo II, todos participamos de la soledad originaria de Adán.
Cuando Dios dijo «no es bueno que el hombre esté solo» y le dio una compañía a su medida. No profundizaré en eso, pero sí diré que a todos nos toca experimentar la soledad. Es parte de nuestra naturaleza.
Sabiendo eso —que en algún momento nos sentiremos solos—, quiero compartirte algunas ideas que puedes recordar. Tenlas presente en esos momentos, que se hacen difícil de sobrellevar si no hay algo a lo que aferrarse.
1. Realmente, nunca estamos solos
Aunque estemos aislados —como pasó con muchos durante la pandemia—, aunque naufraguemos y quedemos en una isla desierta o no veamos a nadie durante meses… nunca estamos, realmente, solos.
En nuestra alma en gracia habita Dios. Ayuda un montón recordar que Él permanece —y muy cerca de nosotros— en esos momentos.
¿No le sientes? Háblale. Y escúchale. ¿Piensas que no responde? Ten paciencia. Quizás está compartiendo el rato contigo, simplemente mirándote y dejando que le mires.
2. Tu soledad acompaña la soledad de Cristo
Como dije, hay veces en que la soledad es algo objetivo. Durante las cuarentenas más estrictas, quienes vivíamos solos no salíamos de nuestras casas y no veíamos a otras personas más que brevemente para hacer algunas compras.
Otras veces, la soledad es subjetiva. Y unas cuantas, es una mezcla de un poco de lo uno y lo otro. Como la soledad que se experimenta durante crisis de angustia o depresión.
Pero, ¿sabes qué? En esos momentos, recuerda que Jesús también se sintió solo. Físicamente, sus amigos le abandonaron en un momento difícil. Espiritualmente, necesitaba que oraran con él, pero en Getsemaní se durmieron.
No fue sino hasta después de horas de llanto, sangre y súplicas, que bajó un ángel a consolarle. Cuando me imagino esta escena y me pregunto qué pudo haberle dicho este a Jesús, pienso que le habló de ti y de mí.
Le habló de tu soledad y de la mía. La que cada uno puede experimentar. Me imagino que el ángel le dice: «esta hija, hermana, amiga tuya se siente sola y está ofreciendo en este momento su soledad para acompañar la tuya».
Te invito a meditar en esto, a ofrecerle a Él tu soledad, para acompañar la suya. Verán que la compañía es mutua: cada uno se encuentra a gusto con el otro.
3. Encuentra compañía acompañando a otros
Otro consejo que puedo darte, es que busques a otras personas que también estén olvidadas, abandonadas, que también sufren.
Descubrirás que te sientes mejor y ayudas a otros. Y no, no es egoísmo: ambos se necesitan, ambos se ayudan.
4. Abre tu vida para que otros entren a ella
Muchas veces experimentamos una paradoja: nos sentimos solos, pero nos cuesta abrirnos a los demás. Dar espacio para que entren en nuestras vidas. Y no me refiero solo a conocer nuevas personas, que puede ser muy bueno.
Por un lado, me refiero a dejar de vivir encerrado en uno mismo. A veces vivimos tan pendientes de nuestra soledad o nuestro dolor —y no tenemos la culpa de ello, porque duele— que no podemos ver a quienes nos rodean.
Lo que pasa a nuestro lado, lo que nos puede ayudar, lo que nos puede alegrar. A quienes podemos dar una mano, a quienes podemos hacer un poco más felices.
Al vivir de esta manera, también perdemos una oportunidad de vivir más plenamente. De vivir con sentido, con propósito. Y esto —tener un motivo para vivir— ¡no sabes cuánto alivia la soledad y las penas!
Por otro lado, también me refiero a que a veces no nos comunicamos. No digo que hables de tus problemas de manera indiscriminada y a todo el mundo.
Por prudencia y pudor, todos merecemos tener un espacio interior que sea solo nuestro. El que compartimos con Dios o con quienes —por amistad, dirección espiritual, fraternidad, etc.— pueden pisar ese piso sagrado.
Pero a veces ni a estas personas les comunicamos que nos sentimos mal. No porque sea un «secreto», quizás porque ni siquiera lo admitimos a nosotros mismos.
Quizás no hemos entendido exactamente qué es eso que sentimos, y que luego ponemos el nombre de «soledad».
Si eres honesto con Dios, contigo y con los demás, verás que quizás hay posibilidades o remedios adecuados para sanar tu soledad.
5. Pregúntate: ¿por qué me siento solo?
Para poner la medicina adecuada, necesitas saber el origen de la soledad. Muchas circunstancias pueden llevarte a sentir solo.
Quizás te has alejado de tus amigos y necesitas conocer nuevas personas. Tal vez buscas una pareja y te sientes desanimado porque no conoces a nadie.
Puede ser que sea un momento de sequedad espiritual, y necesites más bien consejos ascéticos. También es posible que se deba a una condición psicológica o psiquiátrica, y necesites ayuda profesional.
Puedes llevarlo a la oración para discernir. Preguntarle a Él: «¿por qué será que me siento tan solo».
Si bien muchos están familiarizados con la vida de pobreza de san Francisco de Asís, pocos saben que fue un ardiente promotor de la devoción a la Eucaristía.
Creía firmemente que Jesús estaba verdadera y sustancialmente presente bajo la apariencia de pan y vino en la Misa.
Con esto en mente, siempre buscó darle a Jesús en la Eucaristía su mayor respeto y devoción.
Si san Francisco visitaba una iglesia y veía que estaba sucia, sacaba una escoba y la limpiaba.
La delicadeza y devoción de san Francisco
Esta devoción eucarística se extendió a los vasos preciosos usados en la Misa. Él escribió en una carta a los sacerdotes por qué debían usar cálices y tabernáculos de alta calidad.
[Que] todos los que administran tan santos misterios, especialmente los que lo hacen con indiferencia, consideren entre sí cuán pobres pueden ser los cálices, corporales y lienzos donde se sacrifica el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Y por muchos es dejado en lugares miserables y llevado por el camino irrespetuosamente, recibido indignamente y administrado a otros indiscriminadamente.
Entonces, corrijamos de inmediato y resueltamente estas fallas y otras; y donde quiera que el Santísimo Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo sea incorrectamente reservado y abandonado, que sea extraído de allí y puesto y reservado en un lugar precioso.
Y reiteró este punto en su Testamento.
Por encima de todo, quiero que este Santísimo Sacramento sea honrado, venerado y reservado en lugares ricamente ornamentados.
San Francisco amaba profundamente a Jesús y pasó el resto de su vida ofreciéndole cada una de sus acciones.
Con un fuego ardiente de amor en su corazón, no podía soportar ver a Jesús siendo tratado mal.
Su deseo de tratar la Eucaristía con tal respeto solo tiene sentido cuando se ve a través del lente de la presencia real de Jesús.
Si Jesús está realmente presente bajo la apariencia de pan y vino, entonces san Francisco creía que cualquier cosa que contenga la Eucaristía debería ser digna de un rey.
La Virgen, mi Madre peregrina, me enseñó a amar mi camino, a valorar el momento que pisan mis pies.
Me enseñó a echar raíces en la tierra que recorro y habito al mismo tiempo. Cada paso que doy tiene un sentido y merece la pena.
Cada etapa está llena de recuerdos y de vida. Siempre rumbo a la meta, ese final del camino. Pero a la vez siento que esa meta también es pasajera.
El cielo sigue siendo la meta final de todas mis metas, el descanso final de todos mis caminos.
Mientras tanto vivo aprendiendo a amar el camino en el que echo raíces mientras doy mis pasos.
Aceptar esta vida tal y como es
Amo su inseguridad vital, su incertidumbre, su inconsistencia, su temporalidad. Sus nubes y sus noches, sus lágrimas y sus risas. Amo el calor y el frío, el sol y la luna.
No me importa el esfuerzo que adquiere un sentido al sentir las estrellas marcando caminos imposibles, indescifrables.
Amo esta vida que responde a todo lo que yo espero. Me alegra el alma ser peregrino, siempre buscando, siempre con preguntas abiertas.
Peregrinar, buscar, llegar
Tengo claro que mis preguntas son las que me definen, no tanto las respuestas heredadas, o las aprendidas por la voz de otros.
Me emociona ponerme en camino cada mañana, abriendo la puerta del alma y llegando como peregrino al santuario.
Me pesa la espalda y el corazón se enciende. Como si los pasos por dar fueran mi alimento necesario para vivir de verdad y apagar los temores.
No tengo miedo de la soledad, ni de los silencios que ahogan mis palabras.
No me incomodan las canciones que repito muy quedo, dentro de mi alma, al contrario, me alegran.
Donde confluyen eternidad e instante
Dibujo ante mí esa meta posible y diaria, mi santuario, el rostro de mi Madre que me espera cada día allí con la puerta abierta.
Ella está aguardando mi llegada al final del camino. Y al mismo tiempo está aquí, en medio de mis pasos sosteniendo mi ánimo y dándome esperanza.
Es la paradoja que encierra esta vida: Dios es el final y el comienzo de todo lo que hago y vivo.
Es el camino y el cielo que lo cubre. El sol y las nubes que no me dejan ver la claridad de la meta.
Dios es el fuego que me da calor y la brisa suave que refresca el bochorno del camino. Dios es ese lugar de descanso en el que recuperar las fuerzas y la fatiga que amenaza con quitarme el aire que necesito, es tan fuerte el cansancio.
Un estilo de vida
Soy peregrino, me gusta el sabor del camino, el olor de los pasos, la textura de la arena donde dejo mis huellas.
No es una misión peregrinar, es el sentido de todo lo que hago, es más bien una forma de vida.
Cada día despierto y vuelvo a dejarlo todo atrás poniéndome en camino. No llego a la meta y en parte ya llego cuando doy un paso.
Cada vez que entro en el santuario vuelve a comenzar mi búsqueda. Allí descanso, encuentro mi hogar, mi seguridad, mi tierra.
María…
María me cambia por dentro, no sé cómo lo hace. Y entonces me envía de nuevo a la vida, al camino.
Ya no soy el mismo, soy más de Dios, más niño, más dócil y así salgo de nuevo a la vida.
Siento que alcanzo el final cada vez y al mismo tiempo estoy muy lejos.
Hago realidad mis sueños y todavía acaricio los sueños que se siguen dibujando dentro de mi alma, nacen de nuevo.
Espero el encuentro final cuando al final llegue, mientras sigo caminando. No tengo prisa por llegar, la vida es larga. El camino continúa, no sé por cuánto tiempo, toda una vida.
Por muchas veces que llegue al santuario, sigue siendo eterna la llegada y también la partida.
No me importa, soy peregrino de tierras lejanas. Y llevo en el alma el cielo espejado. Como una pintura que me recuerda para qué he nacido y para qué vivo.
Sin prisa
Todo merece la pena. Cada parada en el camino vale oro. Y cada persona peregrina que encuentro entre mis pasos.
No hay prisa para el peregrino que llega una y otra vez a la meta para volver de nuevo al camino.
El tiempo es un don y la vida un camino que merece la pena recorrerse con paso tranquilo y seguro.
Ser peregrino les da paz a mis pasos y despierta mis sonrisas. Y entiendo que todo tiene un sentido, aun sin entenderlo.
Siempre más alto
Peregrino de nuevo al santuario, no para encontrar respuestas, sino para avivar las preguntas y que me den vida.
Se enciende el fuego en mi alma en un abrazo a María. Ella me ama y me lo dice y yo lo necesito, para seguir creyendo.
Quiero aprender a formular la pregunta correcta delante de Dios, ahí está el sentido del camino.
¿Y la meta que María desvela ante mis ojos? Se trata de caminar siempre más alto, más arriba, más lejos, llegar a las estrellas.
Y anunciar la paz y la alegría, la esperanza de los creen en el cielo y sus estrellas.
Vivir con sentido
No dejo de confiar en que salir siempre de nuevo le da sentido a todo lo que vivo. Salir y llegar al santuario. Salir y encontrarme con los hombres en el camino.
En cada etapa del camino echo mis raíces. Es mi tierra, mi terruño.
Ser peregrino es vivir con preguntas abiertas lanzadas al viento. Miro ese mar ante mis ojos que dibuja senderos ocultos que llevan al cielo.
Aprendo a vivir en presente y esa actitud sagrada es la que salva mi camino y el de muchos.
Vuelvo a salir de mi casa, comienzo mi camino, llego al santuario, sigue mi camino. Ser peregrino es lo que me salva.
Siempre más alto, más arriba, más cerca de Dios, donde María me abraza. En eso confío. Ir y volver. Salir y llegar. Y encontrarme con los hombres, una familia.
El santuario es mi meta y parte de mi camino. Me hago más del cielo habitando la tierra y echando raíces toco las estrellas.
Para los católicos, la Biblia es la clave para descubrir todas las enseñanzas de la fe. Es la base de la Iglesia Católica y continúa inspirando la vida diaria de sus miembros.
Inspirada por Dios
El Catecismo de la Iglesia Católica explica elocuentemente esta verdad central.
«Dios es el autor de la Sagrada Escritura. «Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo».
«La santa madre Iglesia, según la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia».
Escrita por autores humanos
Aunque la Biblia tiene a Dios como su autor principal, no cayó del cielo.
En cambio, Dios eligió a autores humanos para escribir su palabra divina, asegurándose de que su contenido fuera exactamente lo que Él quería que se comunicara.
Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados. «En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería».
Los libros inspirados enseñan la verdad. «Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra».
Comida para el alma
Por estas y por muchas otras razones, la Biblia sigue siendo para los católicos una fuente primaria de alimento espiritual.
Es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que constituye sustento y vigor para la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual». «Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura».