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¿Cuál es la verdadera importancia de la oración?

¿Cuál es la verdadera importancia de la oración?

Cuántas veces, los que tenemos cierta práctica de oración, nos lamentamos, incluso nos recriminamos diciendo: «No he rezado lo que debía», «me faltó mi rosario», «hubiese querido rezar más», etc.

Y cuántas veces, al acercarnos al confesionario, hemos pedido perdón al Señor, por haber sido displicentes con nuestra vida de oración, y dedicarle tan poco tiempo para una relación personal de amor que necesitamos.

Les quiero compartir algo que estuve meditando y rezando sobre esa necesidad que tenemos, como personas de fe, de rezar.

Sabemos que la oración es como el oxígeno, que necesitamos para vivir

Sin la respiración morimos. Con las justas, nos aguantamos un minuto. Así mismo, nos sucede con la comida o el agua. No podemos pasar muchos días sin comer al menos un pedazo de pan, y ni qué decir del agua.

Entonces, si es algo tan claro para nosotros, que la oración es fundamental, y difícilmente crecemos en nuestra vida cristiana sin rezar, entonces, ¿por qué no la tenemos como lo primero y más importante cada día de nuestras vidas?

Cuando no lo hacemos, nos cuesta mucho más el combate contra nuestros pecados. Nos volvemos superficiales en nuestra relación con Dios.

Nos vamos olvidando el amor que estamos llamados a vivir. Y finalmente, se nos acaba esa gracia del Espíritu, que nos permite reconocer a Dios como nuestra Padre, amar al prójimo como Jesús nos ama y cargar las cruces de la vida.

Estamos llamados a dar gloria a Dios

Como hijos de Dios, nuestra vocación principal, es glorificar a nuestro Señor. La liturgia, que es el culto público que rendimos a nuestro Padre, en Cristo, a través del Espíritu, es la forma como eclesialmente, glorificamos a Dios.

Es el primer mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas. El segundo, también nos invita a esa actitud: guardar el domingo y días de fiesta.

Sin embargo, muchas veces, ponemos nuestras cosas antes que Dios. ¡Ojo! No me refiero a cosas sin importancia… muchas veces, tenemos tantas responsabilidades apostólicas, necesidades en el trabajo, preocupaciones familiares, o quehaceres urgentes… que posponemos la oración.

Por supuesto, no les quiero decir que dejen sus responsabilidades por rezar. Lo que debemos hacer, hay que hacerlo. Es parte de la vida. Son compromisos y responsabilidades que exigen toda nuestra preocupación y atención.

No obstante, Dios es lo primero y es necesario que pongamos en la balanza nuestras prioridades.

Cambiemos el «tengo que rezar» por «voy a adorar a mi Señor»

¿Qué les parece si en vez de pensar «tengo que rezar», pensamos «voy  a tener un encuentro hermoso con Dios»?

Voy a dejar un momento mis deberes y a ofrecer con libertad, voluntad y amor un rato de oración, de moritificación o de penitencia.

Si se dan cuenta, ya no estoy enfocando la oración —simplemente— como algo necesario, sino como un acto de mortificación, una penitencia.

Me cuesta «la vida» dejar esta responsabilidad laboral, apostólica, familiar… sé que debo poner todo mi corazón en eso… Pero, por amor a Dios, voy a renunciar a ese deseo, por más auténtico y correcto que sea.

Renunciaré a hacer o cumplir esa meta apostólica de la manera perfecta como me interesa a mí, porque la gloria a Dios es lo principal.

La práctica de la mortificación como ejercicio espiritual

la oración, Una manera distinta de entender por qué es tan importante rezar

En el mundo que vivimos, incluso, en la manera como nosotros —cristianos— entendemos nuestra lucha espiritual, creo que hemos abandonado mucho esta práctica tan básica y tradicional de la espiritualidad cristiana.

Quizás la idea de que usos como el silicio o prácticas para mortificar la carne, hayan sido propias de un momento histórico de la Iglesia, nos hagan pensar que ya no es tan necesario cultivarla.

¡Nada más lejano a la realidad! Esa práctica religiosa de la mortificación es tan básica y esencial como la oración. Lo que les invito es a que entendamos la oración misma, como una práctica de penitencia o mortificación.

En el sentido que expliqué arriba. Como una renuncia que hacemos a nuestras responsabilidades para poner en primer lugar, de modo efectivo, la oración.

Si además, a esto le sumamos el hecho de que nuestra cultura actual recalca tanto el sentirse bien, el guiarse por el capricho y los gustos personales, así como creer que la felicidad está en la ausencia del esfuerzo, del dolor y cualquier tipo de sacrificio…

Podemos entender un poquito mejor, por qué se nos hace difícil esa renuncia voluntaria de la libertad, para dedicar minutos del día, al encuentro y relación con Dios.

Recemos por amor y no por deber

Quisiera dejarles una última pastillita espiritual. Quizás les pueda ayudar comprender nuestra vida de actividades espirituales —los sacramentos, el rosario, la lectura de las Sagradas Escrituras, lecturas espirituales, coronillas, etc.—como un acto de amor a Dios.

No lo entendamos como algo que responde a un mero «sentido del deber». Fruto de un cumplimiento burocrático de algunos deberes mínimos para estar a la altura de un cristiano promedio. Eso es lo más absurdo que podríamos pensar.

El llamado que nos hace Cristo es siempre a la vivencia del amor. La perspectiva cristiana de la vida es, fundamentalmente, el amor.

Si no entendemos nuestra vida espiritual, nuestra relación con Cristo y las responsabilidades como cristianos, desde ese llamado esencial, entonces algo está mal comprendido.

Algo está mal en nuestra relación con Dios. Hemos dicho varias veces, como la esencia de la vida cristiana es la relación personal de amor con Cristo. Desde esa vocación brota el sentido del deber. Si amamos a Dios, entonces cumplimos sus mandamientos.

Finalmente, pidamos al Señor su gracia, su fuerza y la acción del Espíritu, para que podamos vivir lo que hemos reflexionado.

Juan Carlos Romero, el sacerdote que llevó de la mano la eucaristía con el Covid-19

Juan Carlos Romero, el sacerdote que llevó de la mano la eucaristía con el Covid-19

Juan Carlos Romero nació en Niquinohomo, lleva 18 años como sacerdote y 10 años desde que llegó a su primera parroquia, que es la parroquia de Cristo Rey. Es sacerdote diocesano, de la arquidiócesis de Managua. Se hizo mundialmente famoso por una imagen celebrando la Eucaristía en el hospital, ingresado por Covid-19. Aleteia ha querido hablar con él para conocer su historia y su situación actual.

Padre Juan Carlos, ¿qué fue lo que pasó?, ¿quién le tomó la foto que se hizo viral por todos lados? Platíqueme un poco el contexto de por qué esa imagen.

Sí. Dentro de mi amor a la Eucaristía se me hace muy difícil no estar celebrando; y, en medio de lo que estaba pasando, sentí la necesidad de celebrar la Misa, también porque durante ese momento, ese intervalo, ese lapso de tiempo de esos días bastante grave, falleció mi abuelita, falleció mi hermana y ayer falleció un primo hermano mío también.

Me sentía, pues, en la necesidad de celebrar la Misa, acompañar a mi familia y unirme también a la intención que estamos teniendo por la salud del cardenal Leopoldo Brenes, por monseñor Mata, por tantos sacerdotes que también “estamos pegados”, como decimos los nicaragüense, y por mis fieles; también lo estaba haciendo por mis fieles que están sufriendo el látigo de este virus.

Unido en el dolor a la Virgen María

¿Cuándo se contagió, cómo se contagió y cuando se enteró? ¿Cómo ha sido esa noche oscura para usted de contagiarse del covid-19?

Yo creo que la palabra “noche oscura” es clave, porque en el fondo no supe cómo me contagié; simplemente estaba con mis fieles y en mis tareas de dar clase y de hacer mis mandados de un lado para otro; pero de pronto apareció la tos, después la fiebre. Y un gran amigo mío, don Donald McGregor, me dijo: “Padre, estos síntomas no están bien; quiero que vayas a chequearte porque no estás bien”.

Ya después me fui a chequear, me dio positivo y avisé a mis superiores de que estaba dando positivo. No quise ser irresponsable de continuar así con mis fieles y dándomela de Supermán. Quise ser muy responsable y decirle a los fieles: “Estoy pegado y necesito entrar en el proceso de recuperación, en el proceso de medicación”. Y eso es lo que hoy estoy haciendo. Cuando puedo y me siento con un poco más de fuerza estoy celebrando la Misa; pero, desde luego, siempre pido autorización.

¿Cuáles fueron los síntomas de esta enfermedad? ¿Qué información nos puede dar, ya que ha padecido en carne propia este contagio? ¿Cómo se sufre?

Yo considero que hay varias cosas muy importantes. Primero, que místicamente uno tiene que unir este dolor, este sufrimiento al sufrimiento de Cristo, a los sufrimientos de la Virgen María.

Creo que fue una gracia para mí llegar, vivirlo en dos días muy especiales: uno, en el día de la Santa Cruz, la exaltación de la Santa Cruz y, dos, vivirlo el día de la Virgen Dolorosa. Fueron dos días muy plenos que los quise ofrecer místicamente a los dolores del Calvario.

Segundo, es una enfermedad en la que se hace pasar la película de tu vida, tu antes y después; es saber que estás en las manos de Dios, ante el recurso farmacéutico que muchas veces no hay; estamos en un momento bastante difícil en la cuestión del oxígeno, y los médicos se están saturando y el medicamento se está escaseando.

Y, desde luego, los síntomas: tos, fiebre, desánimo, falta de apetito, dolores de cabeza…; y eso va creciendo conforme el tiempo va pasando: los días clave son entre el 9, 10 y 11, cuando la saturación la mantienes o se te baja, y ahí es donde entra la necesidad de oxígeno, del cual ahorita estamos bastante escasos.

El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó

¿Usted en algún momento pensó en la muerte o ha estado pensando en la muerte?

Sí. No te quiero negar que una cosa es hablar de la muerte desde el púlpito. Es fácil hablar de la muerte en una clase, es fácil hablar de la muerte cuando estás en Misa; pero hablar con la muerte es otra cosa.

Hablar con la muerte es saber que hay proyectos de por medio; que hay familia: tu mamá, tu papá, tus hermanos; que hay proyectos que tienes que dejar en tu parroquia… Todo aquello que nosotros podemos ver material. Y puede haber un momento en que la muerte se te convierta en una tristeza, en un miedo, en un terror.

Yo todavía estoy viviendo la secuela de pesadillas de sueño que me están dando a pesar del avance que estoy teniendo. Pero también, en algún momento clave, uno tiene que estar muy consciente: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó”; muy conscientes de que sólo somos unos turistas en esta vida y que en un momento va a llegar el tren a su destino y tenemos que bajarnos de ese tren y tenemos que saber qué es lo que llevamos en nuestra mano, qué hicimos en nuestra vida, cuál es el sentido que vimos en ese viaje en esta vida.

Es muy importante que nosotros, poco a poco, estemos preparados; porque, si no, creo que podemos enamorarnos mucho de las cosas materiales, y enamorarnos de las cosas materiales nos puede hacer muy difícil la agonía; creo que el Señor nos dio y que el Señor nos tiene que quitar las cosas.

¿Acaso Dios tiene la culpa de todo el mal que aqueja al mundo?

¿Acaso Dios tiene la culpa de todo el mal que aqueja al mundo?

Lo primero que debemos decir es que para los cristianos, aunque obremos mal, seguimos siendo buenos a los ojos de Dios. Estamos heridos por el pecado, sin embargo, la creación sigue siendo buena.

No hemos perdido nuestra imagen divina. Aunque todo esto se ve dañado por el mal. ¿Por qué? ¿Cómo? Lo dicho puede parecernos normal, pero para muchas culturas, filosofías y religiones distintas al cristianismo, el mal y el bien coexisten, es decir, son dos realidades que siempre existieron juntas.

La verdad es que no deja de ser una interpretación de la realidad con una aparente sensatez, o sentido común. Basta una mirada al mundo, a la sociedad en que vivimos, los lugares que frecuentamos, nuestra misma familia, e incluso, nosotros mismos. Para darnos cuenta que son dos realidades que están siempre juntas.

1. ¿Cómo explicar y entender la diferencia y origen del bien y del mal?

el mal, ¿Por qué no tiene sentido echarle la culpa a Dios del mal que hay en el mundo?

El mal es una ausencia de bien. El mal es una cierta falta, limitación o distorsión del bien. Propiamente dicho, el mal existe en tanto haya una ausencia del bien. Ya sea físico —en tanto degradación de la materia—, o moral debido al mal uso de nuestra libertad (pecado).

Por eso el mal siempre es algo referido al bien. Sufrimos a causa de un bien del que no participamos. Ya sea por estar excluidos de algo que merecemos, o del que nosotros mismos nos hemos privado. Por eso nos debe quedar claro que, el bien y el amor de Dios están antes que la presencia del mal.

El mal surge, solamente, cuando Lucifer decide desobedecerle a Dios. Y tentando al ser humano, nos induce al pecado. Solamente desde entonces, la creación y la naturaleza humana están impregnadas del mal.

Por lo tanto, Dios no tiene ninguna culpa del mal en nuestras vidas. Es algo sin sentido, echarle la culpa o renegar de Dios, porque suceden cosas malas en nuestra vida. La realidad es así, pues Lucifer y nuestros primeros padres decidieron cerrar el corazón al Amor de Dios.

2. Una nueva creación gloriosa

No obstante, Dios nunca nos abandona. Es más, nos regala una nueva creación. Nuestro Padre del Cielo, envía a su Hijo Jesucristo a morir en la cruz, para luego resucitar, y así crear un mundo nuevo.

Cuando Cristo resucita no está «arreglando» este mundo en que vivimos. Lo que Cristo hizo con su muerte y resurrección, fue darle término a esta realidad corrompida por el pecado, y empezar una nueva realidad. Una realidad gloriosa. Precisamente por eso, decimos: «una Nueva Creación».

¡Así que ánimo! Abramos nuestro corazón a Cristo, y antes de lanzarnos a renegar de Dios por nuestro sufrimiento o por el mal que vemos a diario en todas partes, pensemos que Él es quien nos abre las puertas del Cielo y nos perdona siempre.

Está es la oración que San Pio de Pietrelcina rezaba en nombre de otras personas.

Está es la oración que San Pio de Pietrelcina rezaba en nombre de otras personas.

Normalmente, cuando alguien nos pide que recemos por una intención específica, tenemos nuestra oración de «cabecera». Puede ser el Rosario, un Padrenuestro, o simplemente un sincero ruego a Dios.

San Pío de Pietrelcina (más comúnmente conocido como Padre Pío) tuvo su oración favorita que oró por todos los que pidieron sus oraciones.

Cada día muchas personas, ya sea en persona o por carta, le pedían al Padre Pío que orara por una intención específica y muchas veces esta intención fue milagrosamente respondida por Dios.

A continuación se encuentra la oración que el Padre Pío rezaba cada vez que quería interceder por alguien.

Novena eficaz

En realidad, es una oración compuesta por santa Margarita María Alacoque y comúnmente se llama la «Novena Eficaz del Sagrado Corazón de Jesús».

Ella era una santa que vivió en el siglo XVII y durante su vida recibió múltiples visiones de Jesús.

Muchos creen que esta es una oración poderosa porque llama al corazón de Jesús a tener misericordia de nosotros y de nuestras peticiones.

El corazón de Jesús está lleno de amor y compasión. Y esta oración confía en ese amor, creyendo que él es lo suficientemente tierno como para dar generosamente nuestra petición, si es en su santa voluntad.

Por encima de todo, se debe orar con una fe sincera, como el Padre Pío la habría rezado, y no como una fórmula mágica.

Dios no es un genio que nos otorga el deseo que pedimos, sino que responde con amor a un niño que pide algo, sabiendo exactamente lo que necesitamos.

Oración

I.- ¡Oh Jesús mío!, que dijiste: «En verdad les digo, pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá».
He aquí que, confiando en tus santas palabras, yo llamo, busco, y pido la gracia……Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.
Sagrado Corazón de Jesús, espero y confío en Ti.II.- ¡Oh Jesús mío!, que dijiste: «En verdad les digo, pasarán los cielos y la tierra pero mis palabras jamás pasarán»He ahí que yo, confiando en lo infalible de tus santas palabras pido la gracia……Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.Sagrado Corazón de Jesús, espero y confío Ti.III.- ¡Oh Jesús mío!, que dijiste: «En verdad les digo, todo lo que pidáis a mi Padre en mi Nombre, se les concederá».
He ahí que yo, al Padre Eterno y en tu nombre pido la gracia…….Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.
Sagrado Corazón de Jesús, espero y confío Ti.¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, el cual es imposible no sentir compasión por los infelices, ten piedad de nosotros, pobres pecadores, y concédenos las gracias que pedimos en nombre del Inmaculado Corazón de María, nuestra tierna Madre, San José, padre adoptivo del Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros. Amén.

Tómalo con calma. ¡No siempre tu fe debe de ser inquebrantable!

Tómalo con calma. ¡No siempre tu fe debe de ser inquebrantable!

¿Cómo estar seguro de mi fe? Parece tabú dentro de nuestras comunidades creyentes decir: «Tengo dudas» o peor… decir «no sé», porque sentimos que saberlo todo es signo de ser fieles a Dios o a nuestra comunidad.

Dudas como ¿qué es bueno y qué es malo?, ¿existe tal cosa?, ¿quién tiene la verdad o cada quien puede tener su verdad?, ¿es el infierno una teoría o existe?, ¿es un estado del alma que empieza en vida o es un lugar después de la vida?, ¿en todas las religiones está Dios o no?, ¿cómo encontrar respuestas tan profundas?

1. Reclama y llora a Dios, sin guardarte nada

Busqué acompañamiento espiritual con Él en medio de la pandemia y un jesuita me dijo: «Yo sé que tienes miedo, todos tenemos: nos cuestionamos la vida, el futuro, el sentido de todo esto. Qué hace Dios, dónde está, pero mientras más dejes que esas preguntas salgan, más rápido hallarás respuestas».

Y es verdad, es como el método socrático de preguntar y preguntar. Y como decía san Ignacio de Loyola: «lo que no sale a la luz, lo aprovecha el demonio para seguirnos paralizando en confusiones».

Llórale a Dios, dile que no puedes más con esas dudas… Al final nuestra frustración es un dolor del corazón que busca incansablemente a su Todo.

2. Pídele su sabiduría

Hay una verdad que me queda clara: ¡Yo no soy Dios! Cuando entramos a lo profundo de la verdad, de la búsqueda de lo absoluto… tenemos dos opciones: o nos enredamos en nuestro pequeñísimo entendimiento o nos abrimos al Creador:

«¡Ey! ¡Dios! Eres demasiado complicado para mi pequeñez, ¡dame siquiera tu sabiduría!» (eso que los profetas y Jesús afirman que Dios no niega ni al más pecador cuando la pide (Santiago 1:15).

3. Reconoce que Dios no te dejará decepcionado

¿Cómo voy a encontrar respuestas si no soy Dios? Mujeres y hombres en el antiguo testamento también, como tú y yo hoy, tuvieron miles de interrogantes que ponían en cuestión su vida, su camino, su fe… ¡Inspírate en ellas y ellos, que no dejaron de cuestionarle, de mostrarle su miedo, su incertidumbre, su cansancio!

Porque Dios no premia a los perfectos ¡pues ellos no le necesitan ni le buscan! Dios ayuda a los imperfectos, ¡porque ellos aceptan necesitarlo! «Yo te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos», decía Jesús.

4. ¿Soy un tonto que tiene que buscar siempre afuera?

Esta es la otra cara de la moneda: por un lado somos incapaces de escrutar nosotros solos los pensamientos de Dios, pero por otro lado ¡somos seres capaces, talentosos e inteligentes!

¿Entonces? Pues tenemos una naturaleza sagrada, divina. Algo que nosotros asumimos como «imagen y semejanza de Dios». No somos cualquier cosa, no somos un objeto o un animal, ¡somos hijos de Dios!

5. No poseemos a Dios

Hay una tensión entre estas dos: a) No soy Dios y por tanto sé muy poco y b) Soy inteligente y no necesito que me digan
siempre qué hacer. Y estás en lo correcto (si es que lo meditamos desde la humildad), dice Dios en Jeremías y Deuteronomio: «La ley está escrita en sus corazones».

Significa que hay sabiduría en nuestro interior, ¡en nosotros mismos! Pero la tentación es creer que «Yo soy la sabiduría» y ahí es cuando fallamos. Tal vez nos hace falta aprender a escuchar la voz de Dios en nuestro interior.  

6. Busca respuestas en fuentes sagradas

Por lo mismo que yo tengo verdad pero no soy la Verdad… debo recurrir a fuentes más divinas que humanas. Cuando tuve mi mayor crisis de fe, me preguntaba ¿qué religión quiero seguir entonces?

Y si algo tenía claro es que no podía confiar en un libro sobre ateísmo escrito hace 60 años. Porque las respuestas más
universales están en textos mayores, de pueblos grandes, no guiando generaciones sino humanidades.

La Torah, la Biblia, de los cuales surge el Corán —estas son religiones monoteístas y reveladas—. Hay movimientos, ideologías, sectas o caminos espirituales no revelados, sino iniciados por humanos.

¡Por gracia de Dios, los años y las experiencias con Él, me hicieron entender que solo hay un camino, y es Cristo!

7. Busca guías espirituales

Contacta con personas que te inspiren confianza, que sean genuinas y que puedan tener respuestas: sacerdotes y acompañantes espirituales tendrán cómo guiarte.

Al final ¡para eso estamos! Y si no te ayuda esa primera persona a la que recurres, ¡ve con alguien más hasta que te entienda y te sepa ayudar! No te canses, no te quedes con dudas. No estás mal por tener dudas o porque no te convenza lo que te responden.

8. Mismas preguntas, diferentes buscadores

«Lee Salmos, lee la Biblia» —me decían—, sentía que era solo para convencerme de ser como ellos, creyente. Pero ¡increíble ver que esas mismas preguntas que yo tenía ellos, nuestros padres en la fe, antes ya las habían puesto en palabras!

«Job respondió (al sabio) con estas palabras: «¡Qué bien sabe ayudar al débil y socorrer al inválido! ¡Qué buenos consejos das al ignorante, qué profundo conocimiento has demostrado! Pero ¿a quién van dirigidas tus palabras y quién te las inspiró?»: Job, 26.

«Job tomó la palabra y dijo: .«Hoy aún es rebelde mi queja, no puede mi mano acallarla en mi boca. ¡Ah, si supiera dónde vive, iría hasta su casa! Expondría ante él mi caso y le diría todos mis argumentos. Por lo menos conocería su respuesta y trataría de comprender lo que él dijera…

Pero si voy al oriente, no está allí, al occidente, tampoco lo descubro. Si lo busco al norte, no lo encuentro, si vuelvo al mediodía, no lo veo» Job, 23.

«Sediento estoy de Dios, del Dios de vida, ¿cuándo iré a contemplar el rostro del Señor? Lágrimas son mi pan de noche y día, cuando oigo que me dicen sin cesar: «¿Dónde quedó su Dios?» Salmos, 42.

«Al ver tu cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has fijado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él?, ¿qué es el hijo de Adán para que cuides de él? Un poco inferior a un dios lo hiciste, lo coronaste de gloria y esplendor»
Salmos, 8.

¿Se te acabó la esperanza? ¡Ora!

¿Se te acabó la esperanza? ¡Ora!

Resistir es un verbo difícil, de esos que se me atragantan. Como un dolor hondo y constante. Cuando me siento incapaz de dar un paso más, decir otra palabra o soñar otro sueño.

«Resistiré», es el deseo que brota de mi corazón herido cada vez que he tocado la derrota y sentido la caída.

Resistiré en tiempos de guerra, de hambre, de incertidumbre. Cuando la batalla parezca perdida y los sueños imposibles de alcanzar.

También cuando todo se ponga en mi contra y nada de lo planeado pueda hacerse realidad.

Seguir

Con frecuencia corro el peligro de desistir. Tirarlo todo por la ventana antes de que esté perdido.

¿De qué madera estoy hecho? Me lo pregunto a menudo cuando las cosas no resultan como yo pensaba, soñaba, o deseaba. Y las lágrimas resbalan por mi piel.

La vida me pondrá a prueba, «para conocer su temple y comprobar su resistencia».

Haciéndome sentir tan pequeño y frágil en medio de mis días, en la oscuridad de la noche, cuando sólo brille alguna estrella, en un cielo negro.

Y entonces, en ese preciso momento, me repito lentamente, para no olvidarlo: «Resistiré».

Dios me da la fuerza

Pero no porque tenga que hacerlo, sino porque quiero hacerlo. Porque ese Dios en el que creo no me suelta en medio del mar revuelto. Me toma de la mano. Me necesita.

No me vuelvo hacia Él para cumplir un plan previsto, para responder a unas normas escritas, para satisfacer su deseo de ser amado.

Me vuelvo hacia Él porque lo necesito. ¿Qué haría yo sin su mirada en medio de mi noche? ¿Qué haría yo sin su Palabra pronunciada al oído? Me perdería.

Para resistir los embates de la vida sólo me queda volverme a Dios, como un niño aparentemente abandonado en medio de un bosque, perdido y sin rumbo.

Necesito volverme a Él cada noche. No para cumplir un plan de exigencias, sino para salvarme.

Con paz soñar

Por eso me gusta pensar que resistiré. Pero no por mérito propio o gracias a mi voluntad férrea.

No porque sepa hacerlo todo bien sino porque Dios me quiere y sólo quiere mi alegría, mi paz y mi plenitud.

espera que lo busque para cargar el corazón y descansar en su regazo.

Me gusta más ese Dios Padre que me espera siempre. Antes que pensar en un Dios justo y juez que se escandaliza de mi debilidad y lleva cuentas del bien que hago, de las normas que cumplo.

No quiero vivir en tensión. No quiero vivir en guerra. Resistiré, pero no porque sea muy capaz, sino porque Dios ha sembrado sueños en mi corazón.

Sé que son suyos porque superan mis fuerzas. Y me gusta soñar, pero más aún, vivir los sueños.

Sentir que se hacen realidad entre mis manos, a mis pies, ante mis ojos. Tocarlos con manos firmes y notar su calor.

Hasta el final

Resistiré cuando todo se ponga difícil. Dios me permitirá luchar hasta el último momento.

Y no me dejará abandonar el campo de batalla. Me empujará por la espalda susurrando al oído palabras de esperanza, para que crea en mí y en Él que me sostiene.

Me gusta la aventura de la vida porque las cosas no están claras. Y no quiero vivir con miedo a cometer cualquier error que enturbie mi mirada.

No quiero vivir con temor, sino con esperanza. No todo lo haré bien, lo he comprobado. Es la experiencia de los años.

Y en cualquier momento puedo echarlo todo a perder. Pero Dios ese día no me lo echará en cara. Me dirá que confíe y siga resistiendo. Que la vida es corta y su amor infinito.

Vale la pena esperar

¿Por qué tengo miedo? Todo va a salir bien y pienso que hay que ir poco a poco, sin lanzar las campanas al vuelo después de una victoria. Sin tirar la vida por la borda, después de una derrota.

Cada momento vale, y cada esfuerzo. No me desanimo. Porque merece la pena luchar y dar la vida.

Esperar a que todo florezca en medio del desierto. Y brote el agua en la sequedad de las rocas. Y mi corazón se abra a la vida, confiado.

Resistiré porque tengo muchos sueños dormidos en el alma. Sueños bellos y llenos de luz. Y el alma confía en esta vida que se me regala. No quiero temer y dejar de hacer.

Los sueños se abren ante mis ojos llenándome de luz. Es posible todo lo que hoy parece imposible.

Posible que se abra un camino y surja una nueva fuente de una tierra baldía. Posible que mi vida sea mejor que ahora, más llena de luz, de paz y esperanza.

Posible si no dejo de resistir y caminar alegre en momentos de duda y miedo. Habrá un punto de inflexión que todo lo cambie. A mí sólo me queda confiar y creer contra toda esperanza.