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¡La oración, remedio absoluto para la paz mental!

¡La oración, remedio absoluto para la paz mental!

Una encuesta en el Reino Unido, reveló que una minoría significativa de británicos cree en el poder de la oración cuando se trata de cuidar su salud mental.

La encuesta de Savanta ComRes, reveló que el 38% de los adultos del Reino Unido creen que la oración es buena para su salud mental. La investigación fue encargada por el Muro Eterno de la Oración Contestada.

Se informó que, 2.075 adultos del Reino Unido participaron de la encuesta. También se encontró que casi la mitad de los encuestados, el 45% están ansiosos por su propio futuro.

Más de la mitad, el 53%, dijo que estaba ansioso por la salud mental de la próxima generación.  En otros hallazgos, más de cuatro de cada diez, el 43%, señaló que la oración podría hacerlos sentir más esperanzados, a pesar de que solo una cuarta parte, el 26%, dijo que se sentían más esperanzados hoy, que hace 10 años.

El fundador del Muro Eterno de Oración Contestada, Richard Gamble, dijo que: «Si bien es alentador observar que casi el 40% del país cree que la oración es buena para la salud mental, debemos ver la oración como algo más que una herramienta más en el botiquín de primeros auxilios para el bienestar».

Asimismo, añadió que: «La oración puede traer esperanza, y la esperanza es una de las fuerzas más poderosas del universo. Sabemos que la oración ayuda a las personas a encontrar la paz, lo que es tan difícil de conseguir en estos días», concluyó.

¿Alguna vez has escuchado el termino risa santa?

¿Alguna vez has escuchado el termino risa santa?

Estoy familiarizado con el término «risa santa», habiéndolo escuchado en el contexto de algunas prácticas espirituales extremadamente carismáticas. 

Permítanme comenzar diciendo que, ni un solo versículo de la Biblia verifica o siquiera menciona el concepto de «risa santa».

Por supuesto, muchos versículos se refieren al gozo, el canto, la alabanza, las manos levantadas y el baile como manifestaciones de nuestra respuesta y adoración al Dios que adoramos. 

El rey David lo pasó de maravilla regocijándose y «danzando ante el Señor con todas sus fuerzas, mientras él y todo Israel llevaban el arca del Señor con gritos y sonido de trompetas», 2 Samuel 6: 14-15.

Creo que si alguien arraigado en la Palabra de Dios y disfrutando de su presencia se ve repentinamente abrumado por la risa, bueno, para mí eso es genial. Me he reído entre dientes de la increíble creatividad en su creación. De verdad, la trompa de un elefante es simplemente divertida. Y el gozo genuino, la felicidad centrada en Cristo, es un fruto del Espíritu (Gálatas 5:22).

Risa en la Biblia

La risa se aborda varias veces en la Biblia. A menudo se usa para describir una respuesta burlona o desdeñosa, como fue el caso de Abraham y Sara que se rieron cuando Dios les dijo que darían a luz un hijo en su vejez.

Algunos versículos lo usan como una señal de burla (Salmo 59: 8 ; Salmo 80: 6 ; Proverbios 1:26), y otros hacen declaraciones directas sobre la naturaleza de la risa misma. Salomón hizo la siguiente observación en Eclesiastés 2: 2. “Dije de la risa: ‘Es una locura’ y del placer: ‘¿Qué logra?’”.

Sin embargo, esa no es la risa santa por la que estás preguntando.

¿Dónde se originó la “risa santa”?

El término «risa santa» fue acuñado para describir un fenómeno durante el cual una persona se ríe incontrolablemente, presumiblemente como resultado de estar llena del gozo del Espíritu Santo. Se caracteriza por estallidos de risa incontrolable, a veces acompañados de desmayos o caídas al suelo.

La risa santa hoy se ve ocasionalmente durante avivamientos carismáticos, grupos de oración pequeños o servicios de adoración en la iglesia. Algunos consideran que la risa santa, es una señal de la llenura y / o bautismo del Espíritu Santo.

Otros explican la risa santa como una «histeria colectiva», inducida psicológicamente. Esto ocurre ocasionalmente en entornos altamente emocionales, cuando alguien comienza una actividad y los que lo rodean son estimulados mental, y emocionalmente para unirse al comportamiento.

En resumen, dado que la práctica nunca se menciona en la Biblia, y ciertamente no junto con ningún don espiritual, muchos están de acuerdo en que todas las manifestaciones son impulsadas psicológicamente. Por otro lado, aquellos que experimentan la risa santa, explican el comportamiento como inspirado por el Espíritu Santo.

¿Debería perseguir la risa santa?

Finalmente, ¿debería buscar la risa santa en su vida espiritual?

No, probablemente no. Prácticas como ésta son ajenas a la vida cristiana.

Lo mejor que puedo decir, si la risa santa es inspirada por el Espíritu Santo, no hay nada que puedas hacer para que suceda o para que suceda al intentarlo. 

Si el Espíritu Santo alguna vez te inspira una risa santa, disfrútala. De lo contrario, no lo hagas y no te preocupes.

¿Permites que Dios entre a tu vida?

¿Permites que Dios entre a tu vida?

En esta ocasión, repliquemos un conversatorio pastoral en el que hablamos del infierno, del misterio del mal, de la oscuridad, del pecado y las miserias que habitan en nuestro corazón. Y cómo dejarse amar por Dios en este contexto.

Les advierto que fue un compartir muy duro, fuerte, difícil de escuchar. Pero a la vez, lleno de luz, paz, amor, y la serenidad, que solo nos puede brindar la mirada misericordiosa del Padre. 

Cuando queremos enfrentar con transparencia y honestidad, las realidades duras y horribles de nuestra vida, solemos, influenciados por la cultura del Mundo en que vivimos moderar o suavizar el peso de maldad y perversidad que tienen.  

Unos más que otros, por supuesto… cada uno puede hacer su propio examen de consciencia.  Aún más, si lo que buscamos discernir es la miseria que anida en el propio corazón.

¿Cómo debemos mirar nuestro interior? 

Recordemos que, gracias al Bautismo, somos templos del Espíritu Santo. Sin embargo, también debemos reconocer que, en nuestro interior, residen también pecados, infidelidades y toda suerte de miserias que nos alejan de Dios. 

Es duro decirlo, pero tenemos que mirarnos en el espejo, y reconocer que, así como nuestra vida está llena de hechos y experiencias hermosas y maravillosas, también está enredada con la oscuridad y las tinieblas del pecado. 

La única manera de mirar el peso y la gravedad de nuestra miseria es desde los ojos misericordiosos del Padre. Recordemos la parábola del hijo pródigo, cuando el Padre, a lo lejos, se da cuenta de que su hijo está regresando. 

Sabe muy bien cómo ha malgastado la herencia, pero – el relato así nos lo muestra – pareciera que no le importa todo lo que había hecho, sino que está vivo, que ha regresado. Lo sigue amando como antes. Es más, parece que quiere mostrarle aún más su amor. Le hace una gran fiesta, le da un anillo, un vestido nuevo y sandalias (Lucas 15, 11-32).

Así lo vemos en otros pasajes del Evangelio. Cómo el Señor tiene un amor predilecto por los pecadores. La actitud que tiene con la mujer que ha sido encontrada flagrantemente en adulterio (Juan 7,53 -8,11), con la samaritana (Juan 4, 1-42).

O cuando va a la casa de Zaqueo (Lucas 19, 1-10) – el cobrador de impuestos. Y con la mujer que se pone a enjugar los pies de Jesús con su cabellera (Lucas 7, 36-50), en la casa del fariseo. 

¡Y muchos otros pasajes! en los que Jesús nos muestra que Su Amor no cambia por nuestros pecados. Es más, murió en la Cruz por los pecadores. Vino para salvarnos y no para juzgarnos.

La mirada justiciera

¡Cuántas veces somos nosotros mismos quienes de modo justiciero nos juzgamos! Nos cuesta mirar y reconocer el peso de nuestros pecados y miserias, puesto que es doloroso. A nadie le gusta su pecado.

Por supuesto, causa rechazo y una profunda tristeza la consciencia de que, una y otra vez, huimos y rechazamos el Amor de Dios. Descubrimos en nuestro corazón esa doble voluntad, que tan bien describe San Pablo, cuando nos dice que el Espíritu quiere el amor, pero nuestra carne es débil (Mateo 26, 41).

El problema es que cuando esto ocurre, en realidad estamos huyendo de nosotros mismos. ¿Difícil? Sí… pero tenemos que hacerlo. Pues, si no morimos con Cristo, tampoco participamos de su resurrección (Romanos 6, 8-18).

Nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos. Si no nos vemos desde los ojos del Padre, la consciencia de nuestros pecados y la oscuridad que muchas veces vivimos nos hace caer en el negativismo y la desesperanza. Aceptar y reconocer con humildad y serenidad nuestro lado oscuro, solo es posible con la luz de la Verdad, que brota del encuentro con Dios. 

La «otra mirada» es la que aprendemos del mundo o del demonio, que nos recrimina por caer una y otra vez en los mismos pecados. Así nunca vamos a poder perdonarnos.

Es más, no podremos soportar mirarnos y reconocernos. Sin ese Amor de Dios, ¿qué nos puede sostener? ¿Qué esperanza podemos tener, si sabemos que, hace años cojeamos del mismo pie? ¿Nos confesamos de lo mismo?

Llegamos al punto de creer – como lo dice el hermano mayor en la parábola del Padre misericordioso – que no merecemos el Amor del Padre, porque somos pecadores.

La verdad es que, efectivamente, por nuestras conductas no merecemos el Amor de Dios. Pero esa es una manera humana de pensar. Demos gracias a Dios, porque Su Amor es diferente. Que supera nuestra traición, y nos envió a su Hijo único, para salvarnos de nuestros pecados.

Seguimos siendo hijos de Dios

Es verdad que por nuestros pecados – aunque suene horrible y difícil de reconocer – merecemos el infierno. No hay nada que podamos hacer, por lo que merezcamos gozar de la Gloria de Dios, en el Cielo. No lo merecemos, somos unos indignos pecadores. 

Pero lo cierto es que Dios nos ama gratuitamente, y Cristo quiso entregar su vida en la Cruz, por libre voluntad. Porque nos ama. Nos ha devuelto la posibilidad de entrar al Cielo, sencillamente por su Amor gratuito. 

Por culpa del pecado hemos perdido nuestra semejanza, y, en vez de estar inclinados al amor, tenemos la concupiscencia que no instiga a vivir el egoísmo. Sin embargo, sabemos que no hemos sido radicalmente rotos por alejarnos de Dios. Todavía somos buenos por naturaleza, aunque heridos por el pecado.

El gran reto que nos toca es un combate espiritual, que implica ser fiel al amor que nos tiene el Señor, y rechazar el pecado. Comprometiéndonos a ser responsables con nuestra libertad, optando por la Verdad, y encaminándonos hacia lo Bueno. Llamados a ser otro Cristo, como nos invita repetidas veces San Pablo. (Filipenses 1, 21 / Gálatas 2, 20)

Finalmente, pidamos a Dios que nos conceda la gracia de mirarnos desde Su Misericordia, y no tener miedo de reconocer el pecado que habita en nuestro corazón. Que podemos ser iluminados por Cristo, si es que lo abrimos y dejamos que Él nos perdone y sane nuestras heridas, volviendo a la comunión con el Padre.

Tenemos la confianza que el Señor nos perdona una y otra vez, mientras reconozcamos con humildad quiénes somos y cómo somos ante Dios. No nos ocultemos por nuestros pecados, más bien dejémonos reconciliar por Dios (2 Coríntios 5, 20).

Sufrió un derrame cerebral, pero Dios escuchó las plegarias de sus familiares.

Sufrió un derrame cerebral, pero Dios escuchó las plegarias de sus familiares.

 Un hombre que sufrió un derrame cerebral y entró en coma se recuperó milagrosamente después de que su familia, la iglesia y sus amigos clamaran al cielo con oraciones.

El 11 de abril de 2018, la familia García se enfrentó a una prueba de fe muy desafiante. Fue un día atípico para ellos, cuando Lito, la cabeza de familia, sufrió un derrame cerebral.

Ya tenía migrañas crónicas, pero esa vez empeoró. Fue trasladado de urgencia al hospital a más de una hora de distancia. Mientras tanto, Stacie, la esposa de Lito, inmediatamente se puso en contacto con familiares, amigos y su iglesia para orar por su esposo.

El médico llevó a Lito a la UCI mientras aún trabajaba para descubrir la causa de su parálisis. Más tarde esa noche después de que fue admitido, comenzó a tener convulsiones, y la mañana siguiente, entró en coma.

«Dios, sé que estás haciendo algo. No sé qué es, pero todavía voy a confiar en ti”, clamó Stacie.

Poco después, los médicos descubrieron a través de una resonancia magnética que Lito tenía un coágulo de sangre que había viajado por su cerebro y se había roto. Por eso su cerebro se hinchó. 

Luego, el médico realizó un procedimiento de emergencia, aunque tenía una pequeña posibilidad de recuperarse. El equipo médico le dijo a Stacie que no podían garantizar si Lito volvería a caminar y hablar.

La familia mantuvo la fe y oraba por su salud

Pero a pesar de las noticias desfavorables, Stacie siguió confiando en Dios. Un par de días después, incluso iniciaron un servicio de oración en el hospital en la sala de espera, simplemente adorando a Dios. Siguieron orando por la completa recuperación de Lito. Hasta que un día despertó del coma.

Al despertar, Lito escribió un mensaje a su mamá y su esposa. Escribió: «Usted y Stacie deben recordar que mientras haya aliento en nuestros pulmones, Dios puede hacer lo imposible».

En los días siguientes, Dios ciertamente realizó un milagro. Lo que Dios hizo para cambiar la salud de Lito revela que Él es de hecho el Dios de lo imposible.

Todos tenemos un plan espiritual de vida ¿ sigues el tuyo ?

Todos tenemos un plan espiritual de vida ¿ sigues el tuyo ?

Nuestro medio principal para llegar al Señor, es el plan de vida espiritual, el que cada uno vive de acuerdo con sus circunstancias.

Este plan es muy importante, nos ayuda a unificar todos los aspectos de nuestra existencia cristiana, porque convierte cada norma de piedad (cada misa, rosario, rato de oración, lectura espiritual etc.) en encuentro y diálogo personal con Dios.

Es ese medio para mejorar nuestro trato y demostrar nuestro amor a Jesús. Porque a una amistad, a una verdadera amistad, le dedicamos tiempo (y no el de sobra).

Pues, ahora bien, a la amistad más grande de nuestra vida que es con Jesús, deberíamos dedicarle más que solo un rato.

Ojo: no es «cumplir» con las prácticas de nuestro plan en sentido de obligación. Sino más bien por y con amor, esto porque somos conscientes de que nos acercan a Dios, nos ponen en presencia de Él.

Entonces ¿cómo estar más cerca de Dios? A continuación, te comparto tres tips que estoy segura te ayudarán a vivir y cumplir más fácilmente tu plan de vida espiritual.

1. Poner hora y tiempo específico

Este tip es muy concreto, a cada norma de piedad que tengas en tu plan, por ejemplo: hacer un rato de oración, ponle hora (ejemplo: 8:30 am, antes del desayuno) y tiempo específico (ejemplo: 20 minutos).

El poner hora no quiere decir que no podamos ser flexibles, sabemos que nuestros días y rutinas a veces cambian. Como decía de san Josemaría:

«Tu plan de vida ha de ser como ese guante de goma que se adapta con perfección a la mano que lo usa».

No podemos pensar en nuestras normas como algo separado de la vida, sino que deberían señalar un camino acomodado a la condición personal de cada uno.

Siempre teniendo claro involucrarlas en el momento más conveniente, no en las sobras de tiempo de nuestros días.

2. Ser constantes

Es verdad que a veces nos sentimos muy cansados, desmotivados, tristes o simplemente sin ganas de vivir nuestras prácticas de piedad, es normal y es una consecuencia de nuestra naturaleza caída.

Sin embargo, no nos podemos dejar llevar por sentimentalismos. Debemos tener firme nuestro propósito de estar cada vez más cerca Dios, y tener claro en nuestra mente y corazón que lo hacemos por amor.

Te invito a que a partir de hoy con o sin muchas ganas, lo hagas, te esfuerces y vivas tu plan de vida de la mejor manera que puedas, a pesar de lo que en ese momento sientas…

Entrégale a Jesús esas dos monedas tuyas, así como la pobre viuda en el Evangelio, verás cuánto le agrada.

3. Pedirle ayuda a Dios

¿Cómo estar más cerca de Dios?, 3 tips para vivir mejor mi plan de vida espiritual. ¡Estar más cerca de Dios nunca fue tan fácil!

He de confesarte que este es mi tip favorito porque de verdad experimento su gracia e infinita mano de ayuda en mi día.

Somos hijos de Dios, amadísimos hijos de nuestro Padre. Y Él cómo el Padre bueno, paciente y amoroso que es, quiere que le tratemos con entera confianza, como hijos pequeños y necesitados que somos.

Así que de corazón pidámosle que nos ayude a ir viviendo mejor nuestro plan para ir creciendo en vida interior y en amor a Él.

Recuerda que el «sí» es lo único que nos pertenece, si queremos, si sinceramente queremos estar unidos a Cristo, Él siempre nos dará la gracia para avanzar.

Espero de corazón que estos tips te ayuden a vivir más fervorosa y amorosamente tu plan de vida espiritual. Recuerda que cuando Dios es lo primero, todo lo demás cabe.

Todo tiene sentido cuando Jesús está contigo. Estando con Él, lo que hacemos adquiere un valor aún más grande.

Si Dios puede perdonar nuestros pecados, no hay nada que no podamos perdonar.

Si Dios puede perdonar nuestros pecados, no hay nada que no podamos perdonar.

El perdón es algo muy difícil. En nombre de Jesucristo perdono tantas veces. Es Él el que lo hace, no soy yo. Yo sólo pongo voz a sus palabras y alzo en mi mano su gesto.

Y doy un perdón que no es mío, yo soy demasiado pequeño y el perdón supera mis fuerzas. Perdono faltas y pecados, con una facilidad única. Es Dios quien perdona y yo solo obedezco.

Pero luego, cuando alguien me hiere y hace daño, cuando el rencor se asienta en mi alma, la impotencia se apodera de mí. No puedo hacerlo, no soy capaz de absolver a nadie en mi propio nombre. No logro perdonar olvidando el rencor que me hace tanto daño.

Alguien me hizo daño, a mí o a otros a los que aprecio y admiro. Y me hierve la sangre por dentro. Y no surge el deseo del perdón, es más bien el deseo de venganza.

¿Cómo puedo llegar a perdonar de corazón a quien me ha hecho daño? La herida está abierta. El odio que brotó un día no lo mitiga el tiempo. Me dicen que si perdono me libero y si no perdono sigo encadenado a quien me hizo daño.

Es verdad, no lo niego. Pero la cadena del rencor es demasiado gruesa. Y lo que queda grabado en el corazón no es fácil de borrar. No hay quien lo olvide, no puedo.

Leía el otro día: «Perdónale lo que te hizo tanto daño como para que reaccionaras de esa forma y haz lo que sabes que debes hacer para que te perdone. No dejes que nada te lo impida. Solo estas cosas merecen la pena, lo demás no vale nada».

Perdonar y ser perdonado. Parece tan sencillo pero todo esto es la clave sobre la que se asienta la vida del hombre. Una orilla, la del rencor y el recuerdo lleno de dolor. La otra orilla, la de la paz que da perdonar y ser perdonado.

Entre las dos orillas me muevo en mi barca inquieto. De una a otra, casi sin darme cuenta, las aguas y el viento me llevan. Es tan difícil perdonar. Es tan milagroso que puedan perdonarme.

Cuando la herida ya no tiene remedio. Y cuando no puedo desandar el camino andado, retener las palabras vertidas, romper los silencios hirientes, contener los gestos violentos que rompen por dentro.

Cuando no hay vuelta atrás es como si el perdón pretendiera disculpar el daño causado. Y eso no es posible. Hay siempre un culpable y una víctima.

¿Qué he de hacer para merecer el perdón? ¿Qué gesto reparador es necesario para que se justifique mi olvido o la paz después de haber perdonado?

No hay nada que sea suficiente para que suceda el perdón. Ni el arrepentimiento del culpable. Ni su castigo o condena. Nada es suficiente. Porque la dimensión del daño sufrido supera cualquier gesto reparador. Es más hondo, más terrible.

Por eso me queda claro que el perdón nunca está justificado. No perdono porque la deuda esté pagada. Es impagable. No me basta la enmienda, ni el castigo. El perdón sólo puede ser gratuito.

Perdono porque Jesús logra que brote el perdón en mi corazón. Sólo Jesús puede hacerlo. Y si lo hace no es para que libere de su culpa al culpable. Él tendrá que hacer su propio camino de redención.

Si perdono es porque es a mí a quien me hace falta pasar página, dejar atrás el rencor, sanar la herida y ser libre.

Mientras siga adentrándome en mi propio resentimiento no avanzaré nunca, no creceré, no seré libre. Seguiré cargando el peso terrible de mi dolor. Sólo por gracia de Dios podré abismarme en ese mundo profundo de la misericordia.

Sólo Dios puede hacerlo, no soy yo. Yo me siento impotente y seguiré eternamente condenando al culpable, porque se merece todo mi odio y mi desprecio. El odio del mundo entero.

Pero no soy yo su juez, ni el que ha de hacer cumplir su condena. Eso no me toca a mí. A mí sólo me queda alejarme de él con paso firme. Dejar de invocarlo como culpable de mis males presentes.

El daño causado lo guardo como parte de mi historia, no lo olvidaré nunca. Pero el perdón me permite emprender un camino nuevo de libertad, sin barreras ni ataduras.

Le pido al Señor que me dé la gracia del perdón. Perdonar para salvar mi vida, para iniciar un camino nuevo, una vida nueva. El perdón que toco en la reconciliación con Dios me salva y enseña el camino de mi salvación.

Comenta el Papa Francisco: «Es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura».

Tocar el perdón de Dios, viendo que es inmerecido, me enseña el camino del perdón en mi propia vida. No perdono porque alguien lo merezca. No perdono porque se arrepienta y me pida perdón.

Perdono con una misericordia llena de ternura que viene de Dios. Si no es así resulta imposible. El perdón de Dios en mi vida me enseña a perdonar.