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Las mujeres viudas, Dios no suelta sus manos.

Las mujeres viudas, Dios no suelta sus manos.

Quedarse viuda es una situación casi siempre dolorosa y difícil de llevar, tanto física como psíquicamente. Podemos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar textos que ayuden a vivir el duelo y a confiar con esperanza en que Dios no abandona nunca a ninguno de sus hijos, mucho menos a quien queda herido.

En el pueblo de Israel, antes de la llegada de Jesucristo, una mujer que quedaba viuda pasaba a estar desamparada y sin recursos, como los huérfanos. Ante esa situación, Dios hizo a lo largo del Antiguo Testamento manifestaciones de cercanía con las mujeres que habían perdido al marido. Allí hay 55 citas que revelan la ternura, la empatía y la solidaridad de Dios con cada mujer que llora la ausencia del esposo.

Más tarde, en el Nuevo Testamento Jesús dará cumplimiento más pleno a ese amor, con su propia vida: las parábolas de la ofrenda de la viuda o la viuda que importuna al juez, el milagro de la resurrección del hijo de la viuda de Naím…

A continuación, puedes leer 12 citas del Antiguo Testamento sobre las viudas:

«No harás daño a la viuda»

«No harás daño a la viuda ni al huérfano. Si les haces daño y ellos me piden auxilio, yo escucharé su clamor.» (Ex 22, 21)

«Porque el Señor, su Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, valeroso y temible, que no hace acepción de personas ni se deja sobornar. Él hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al extranjero y le da ropa y alimento.» (Deut 10, 18)

«Entonces vendrá a comer el levita, ya que él no tiene posesión ni herencia contigo; y lo mismo harán el extranjero, el huérfano y la viuda que están en tus ciudades, hasta quedar saciados. Así el Señor te bendecirá en todas tus empresas.» (Deut 14, 29)

«Cuando recojas la cosecha en tu campo, si olvidas en él una gavilla, no vuelvas a buscarla. Será para el extranjero, el huérfano y la viuda, a fin de que el Señor, tu Dios, te bendiga en todas tus empresas.

Cuando sacudas tus olivos, no revises después las ramas. El resto será para el extranjero, el huérfano y la viuda.

Cuando recojas los racimos de tu viña, no vuelvas a buscar lo que haya quedado. Eso será para el extranjero, el huérfano y la viuda.

Acuérdate siempre que fuiste esclavo en Egipto, Por eso te ordeno obrar de esta manera.»(Deut 24, 17-22)

«Maldito sea el que menosprecia a su padre o a su madre. Y todo el pueblo responderá: Amén.
Maldito sea el que desplaza los límites de la propiedad de su vecino. Y todo el pueblo responderá: Amén.
Maldito sea el que aparta a un ciego del camino. Y todo el pueblo responderá: Amén.
Maldito sea el que conculca el derecho del extranjero, del huérfano o de la viuda. Y todo el pueblo responderá. Amén.» (Deut 27, 16-19)
La resurrección del hijo de la viuda
«La resurrección del hijo de la viuda.
Después que sucedió esto, el hijo de la dueña de casa cayó enfermo, y su enfermedad se agravó tanto que no quedó en él aliento de vida.
Entonces la mujer dijo a Elías: «¿Qué tengo que ver yo contigo, hombre de Dios? ¡Has venido a mi casa para recordar mi culpa y hacer morir a mi hijo!».
«Dame a tu hijo», respondió Elías. Luego lo tomó del regazo de su madre, lo subió a la habitación alta donde se alojaba y lo acostó sobre su lecho.
Él invocó al Señor, diciendo: «Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me ha dado albergue la vas a afligir, haciendo morir a su hijo?».
Después se tendió tres veces sobre el niño, invocó al Señor y dijo: «¡Señor, Dios mío, que vuelve la vida a este niño!».
El Señor escuchó el clamor de Elías: el aliento vital volvió al niño, y éste revivió.
Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación alta de la casa y se lo entregó a su madre, Luego dijo: «Mira, tu hijo vive».
La mujer dijo entonces a Elías: «Ahora sí reconozco que tú eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor está verdaderamente en tu boca».» (1 Rey 17)
Eliseo y el aceite de la viuda
«El aceite de la viuda
La mujer de uno de la comunidad de profetas imploró a Eliseo, diciendo: «Tu servidor, mi marido, ha muerto, y tú sabes que era un hombre temeroso del Señor. Pero ahora ha venido un acreedor para llevarse a mis dos hijos como esclavos».
Eliseo le dijo: «¿Qué puedo hacer por ti? Dime qué tienes en tu casa». Ella le respondió: «Tu servidora no tiene en su casa nada más que un frasco de aceite».
Eliseo le dijo: «Ve y pide prestados a todos tus vecinos unos recipientes vacíos; cuántos más sean, mejor.
Luego entra y enciérrate con tus hijos; echa el aceite en todos esos recipientes, y cuando estén llenos, colócalos aparte».
Ella se fue y se encerró con sus hijos; estos le presentaban los recipientes, y ella los iba llenando.
Cuando todos estuvieron llenos, ella dijo a su hijo: «Alcánzame otro recipiente». Pero él respondió: «Ya no quedan más». Entonces dejó de correr el aceite.
Ella fue a informar al hombre de Dios, y este le dijo: «Ve a vender el aceite y paga la deuda; después, tú y tus hijos podrán vivir con el resto».» (2 Rey, 4)
«Defiendan a la viuda»
«¡Lávense, purifíquense, aparten de mi vista la maldad de sus acciones! ¡Cesen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda! (Is 1, 17)
«Así habla el Señor de los ejércitos: Hagan justicia de verdad, practiquen mutuamente la fidelidad y la misericordia. No opriman a la viuda ni al huérfano, al extranjero ni al pobre, y no piensen en hacerse mal unos a otros.» (Zac 7, 10)
Él mantiene su fidelidad para siempre
«El mantiene su fidelidad para siempre,
hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos,
abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados.
El Señor protege a los extranjeros
y sustenta al huérfano y a la viuda;
el Señor ama a los justos
y entorpece el camino de los malvados.» (Sal 146, 6-9)
«El Señor derriba la casa de los soberbios, pero mantiene en pie los linderos de la viuda.»(Prov 15, 25)
«Porque el Señor es juez y no hace distinción de personas:
no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido;
no desoye la plegaria del huérfano, ni a la viuda, cuando expone su queja.» (Ecli 35, 12, 14)
Dios no quiere que convivamos con el mal. Quiere transformarlo.

Dios no quiere que convivamos con el mal. Quiere transformarlo.

Como cristianos, entendemos que el carácter de Dios se encuentra entre muchos rasgos. Dios es la razón por la que entendemos y sabemos amar. Si la naturaleza de Dios es totalmente buena, entonces, naturalmente, todo lo que Él crea también es bueno. 

Esa es la conclusión lógica. Y como David expresó poéticamente, la Tierra y toda la humanidad pertenecen a Dios. Sin embargo, aunque pertenecemos a Dios, hay maldad en el mundo. Pero, ¿por qué permitiría Dios el mal?

La razón es el pecado. En todo el mundo existen personas que cometen robos, asesinatos, violaciones, entre otros actos nocivos. Este tipo de personas existen, han existido y continuarán mientras exista la humanidad. Son la razón por la que entendemos que el mal existe en el mundo.

Aún así, la pregunta permanece. ¿Por qué Dios permite el mal? Entendemos que Dios es todopoderoso y omnipotente. Por lo tanto, podría eliminar el mal en el mundo, pero no lo hace. 

La respuesta al por qué reside en el primer libro de la Biblia, donde Dios creó al primer hombre y a la primera mujer. Allí, en el libro del Génesis, el primer hombre y la primera mujer tomaron una decisión que trajo el mal al mundo a través de lo que llamamos pecado.

¿Por qué permite Dios el mal?

Podemos hacer nuestro mejor esfuerzo para vencer el mal o el pecado que habita dentro de nosotros o de alguien más. Sin embargo, el pecado seguirá siendo parte de la vida de todos. 

Esto no significa que se deba ignorar el pecado. La Escritura nos advierte que seamos conformados a la imagen de Cristo tanto como sea posible mientras estemos vivos. 

Sin embargo, ¿por qué el mal debe seguir existiendo y persistiendo? Otra forma de hacer esta pregunta es por qué Dios permite el sufrimiento, que es el subproducto de cada acto pecaminoso / malvado. Dios nos ha dado libre albedrío.

Una forma de entender el libre albedrío es la capacidad de tomar una decisión sin ser obligado por una fuerza externa. Podemos elegir seguir a Dios o no. 

Dios no fuerza un cambio en sus corazones o mentes porque nos ha bendecido con libre albedrío. Adán y Eva fueron los primeros humanos en mostrar el poder del libre albedrío. Dios les dio un mandamiento: no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Pro igual lo hicieron. Cometieron un acto de maldad, pecaron y sufrieron las consecuencias.

¿Qué dice la Biblia sobre el mal?

Una forma de entender lo que la Biblia llama maldad es equiparar el mal con la palabra pecado. Jesús definió el pecado como: “Así que es pecado conocer el bien y no hacerlo”, (Santiago 4:17).

Hoy mantenemos esa misma definición. Al definir la palabra maldad usamos definiciones que incluyen «moralmente incorrecto» o «malo». Para que una acción sea moralmente incorrecta, alguien tendría que comprender la moralidad, tener un sentido del bien y del mal. Con estas dos definiciones, podemos concluir que la maldad es pecado y el pecado es maldad.

Además de las palabras de Jesús, la Biblia da un mayor contexto a lo que Dios califica como malvado. El Libro de Levítico es un gran ejemplo de cómo Dios establece expectativas para sus seguidores sobre cómo quiere que se comporten.  Dios usa los términos “detestable” o “perversión” en lugar de maldad, pero aún significan lo mismo. 

¿Puede Dios evitar que suceda el mal en este mundo caído?

Dios puede restaurarnos y sanarnos después de que ocurra el mal. También puede evitar que suceda el mal. Dios protegió a varios de sus creyentes de cualquier daño, como David de su hijo Absalón, y ofreció alguna protección a Job de los planes de Satanás. 

No está claro cómo Dios discierne entre lo que quiere que suceda y lo que no. Lo que sabemos es que si algo ocurre, Dios ha permitido que eso suceda.

Algo que ocurre podría ser algo que Dios hizo que sucediera, o simplemente permitió. Lo mejor que podemos hacer con lo que sabemos, es permitir que esa experiencia nos transforme en mejores personas. Dios nos ha dado una declaración, una promesa, ningún arma que se forme contra nosotros prosperará. 

Ninguna mala acción que ocurra en nuestras vidas es invisible. No importa lo que Dios permita, su amor es constante y continúa preocupándose por nuestro bienestar.

Conclusión

Los creyentes han sabido a lo largo de los siglos que el mal existe en el mundo. Jesús habló sobre los problemas que los cristianos enfrentarían. No compartió esto como una ocasión para el miedo, sino más bien para estar gozoso sabiendo que podíamos vencer al mundo como Él lo hizo. 

El mal y el pecado existen en el mundo. Ésta es una realidad lamentable desde el primer hombre y mujer. Sin embargo, sabemos por las muchas historias de la Biblia que aún podemos vivir la vida cerca de Dios y de una manera que le agrade.

No importa qué deseos pecaminosos puedan crecer en nuestro corazón, no importa qué malas acciones se cometan contra nosotros, siempre podemos usar nuestro libre albedrío para volvernos a Dios.

¿Mi avaricia me aleja del Señor?

¿Mi avaricia me aleja del Señor?

Qué es la avaricia? Esta palabra suena fuerte y muchas veces no se comprende del todo su significado. ¿Será que dejamos que gobierne nuestra vida?, ¿la habremos dejado reposar en nuestro corazón?

«No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar.

Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar» (Mateo 6, 19-20).

En un mundo donde el éxito, la prosperidad, los bienes materiales, la fama, el poder y el dinero suelen estar en el rango número uno de nuestras prioridades, Jesús nos propone algo más superador.

Nos invita una vez más a dejarlo todo y a seguirlo, a despojarnos de las cosas de la tierra y a fijar nuestra mirada en el cielo, en lo eterno, en lo profundo, en fin, en lo que nos hará completamente felices.

No nos llevaremos nada de este mundo

Primero es importante comprender que todo aquello que poseamos en la tierra no irá con nosotros al Reino de los Cielos, porque «tal como salió del vientre de su madre, así se irá: desnudo como vino al mundo..» Eclesiastés 5, 15.

Lo que sí trasciende, lo que Dios observa y nos pide a gritos, es que lo amemos a Él por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, es decir, que comencemos a acumular tesoros en el cielo.

1. ¿Qué pasa con el apego a lo material?

Dejemos una cosa en clara: no está mal tener bienes materiales. Pero… ¿parece contradictorio no? Déjenme explicar.

Lo que está en cuestión es el apego que yo tengo con esos bienes y lo mucho que pueden llegar a importar para mi vida, hasta para mi propia salvación.

El problema es cuando ponemos esos bienes o condiciones humanas, ya sea dinero, objetos, éxito o poder, por encima de Dios, y terminamos más lejos de Él que nunca.

Existen personas que deciden vivir sin nada para ofrecérselo a Dios… ¡no está mal! son diferentes estilos de vida que uno debe aceptar.

Pero que quede bien en claro que el objetivo de esta reflexión no es decir «no tengas nada, no compres nunca más un bien material».

Sino que podamos valorar lo que tenemos y ser conscientes de lo necesitamos para nuestra vida diaria, sin caer en la tentación de querer más, más y más.

2. ¿Qué es la avaricia?

«Mirad, y guardaos de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lucas 12:15).

Según la psicóloga Herminia Gomá, directora del Institut Gomá, la avaricia se asienta en un verbo: tener. El «miedo a no tener en el futuro» nos hace acumular posesiones para evitar la angustia de pensar que algún día nos faltará.

«Lo que tengo ahora tampoco lo disfruto. Necesito guardarlo aunque nunca lo vaya a usar». Cuando hablamos de avaricia nos referimos a ese desorden de deseo por poseer bienes y riquezas aquí en la tierra: también conocida como codicia, porque además de poseerlos no queremos compartirlos.

La persona no se conforma con lo requerido para vivir de manera cómoda y necesaria, entonces busca la felicidad en las cosas materiales, creando un vínculo y un apego muy fuerte que realmente ata.

Esta avaricia puede empujarnos a caer en otros pecados o malos comportamientos, ya que comenzamos a tener nuestra mirada en lo terrenal, en lo material, lo visible, lo inmediato… y se nos desvía la mirada de Dios.

El deseo por poseer no es fácil de eliminar: ya está instaurado en nuestra cultura mediante el consumismo. Haciéndonos creer que las personas valen por lo que tienen y son definidas por sus objetos, su poder, lo que muestran y hasta su lugar jerárquico en la sociedad.

3. El rico insensato

¡Cuántos problemas! ¿Hay alguna solución? ¿Cómo mejoramos y salimos de este círculo vicioso entonces? No será una tarea fácil, pero podremos salir si somos conscientes de que las cosas materiales no nos harán completamente felices.

¿Está mal tener un bien material? No, ¿está mal ponerse feliz por ascender en el trabajo? Por supuesto que no, ¡lo que está en cuestión es otra cosa!

Es cuando esa buena noticia o ese bien nos define, condiciona nuestra vida. Cuando veamos que toda nuestra felicidad pasa por adquirir algo o ser más exitoso debemos preocuparnos. 

Si preparamos todo durante nuestra vida para guardar frutos y bienes, y tenemos el «alma tranquila» con que estarán guardados por muchos años, comenzaremos a reposar, comer, beber…

«Esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios» Lucas 12, 20-21.

4. Acumular tesoros en el cielo

«Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme» Mateo 19, 21. 

Dios nos lo deja muy claro, y el anterior fue un ejemplo de muchos. Ayudar a los demás, saber decir que sí, ofrecerse en alguna tarea, ser buen ciudadano.

Cuidar de nuestros familiares tanto física como espiritualmente, escuchar a un amigo, y también decir «no» a todo aquello que nos aleje de Dios.

Acumular tesoros en el cielo es sinónimo de amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a uno mismo.

Porque quien ama las riquezas nunca tiene suficiente y se angustia, quien pone a la fama y el poder por encima de Dios nunca se sacia y se aleja cada día un poco más de Él.

Porque «nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas» Mateo 6, 24.

5 preguntas para reflexionar 

1. ¿Qué lugar ocupan los bienes materiales en mi vida?

2. ¿Me angustia no tener cada día más?

3. En una balanza donde está Dios y el dinero, ¿a qué le dedico más tiempo?

4. ¿Me considero una persona humilde y desapegada?

5. ¿Soy consciente de que nací para servir y no para ser servido?

Déjanos saber qué opinas sobre la avaricia y la sed por adquirir cada vez más bienes materiales. ¿Estás acumulando tesoros para este mundo o para la vida eterna?

¿Ya no te quedan más fuerzas?

¿Ya no te quedan más fuerzas?

Con esta dolorosa y terrible pandemia hemos vivido un encierro obligado y momentos muy difíciles.

Muchos han perdido familiares, sus empleos, sus casas, sus empresas y algunos se encuentran padeciendo la enfermedad.

Aprendimos el valor de las cosas simples que parecían insignificantes o no les prestábamos atención, como la buena salud, un fuerte abrazo, un “te quiero”, o el tiempo que se nos da para vivir en la presencia amorosa de Dios, pues “en Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17)

También nos ha movido a la solidaridad y el emprendimiento en muchos. He visto asombrado ejemplos extraordinarios de personas solidarias con el prójimo.

Hace unos días alguien escribió en las redes sociales: “Me he quedado sin fuerzas. Ya no puedo seguir”.

Llovieron mensajes de esperanzas para animarlo y días después escribió agradeciendo tanta solidaridad humana, las oraciones por su mejoría y los gestos de bondad que lo ayudaron a salir adelante y volver a empezar con nuevos ánimos.

¿Te ha pasado alguna vez?

De pronto quedas extenuado y piensas que no puedes seguir, que no aguantas más. Sientes cansancio y temor por un futuro incierto, a lo que pueda ocurrir. Somos personas de carne y hueso, con un alma inmortal. A cualquiera le puede pasar.

Es un buen momento para “buscar ayuda”, y acudir a Dios, orar y confiar y abandonarnos en su Amor.

Yo, por lo general, cuando enfrento un problema muy serio al que no encuentro salida:

  • Hago actividades que me distraigan la mente y que disfruto.
  • Pienso “todo pasa, esto también pasará, con el tiempo será solo un recuerdo”.
  • Me ayuda pensar en mi familia, los que me aman. No estamos solos.
  • Voy a un parque y paso un rato confortable allí, donde puedo despejar la mente y apreciar la naturaleza que me recuerda el amor de Dios.
  • Consulto con un sacerdote para que me dé orientación espiritual.
  • Visito a Jesús en el sagrario. Le cuento todo y le pido que me ayude.
  • Y rezo. Le hablo a Dios con la confianza de un hijo.

La fuerza de la Biblia y del Rosario

Me gusta mucho rezar con los salmos, cuando tengo serias dificultades, porque te impulsan a recuperar tu confianza en Dios.

Y también llevo conmigo el santo Rosario. Rezarlo me da mucha paz. Siempre salgo adelante, por la bondad de Dios, fortalecido en mi fe.

Sé porque otros lo han vivido que…

“El Señor es mi fuerza y mi escudo, mi corazón confiaba en él, y me socorrió, por eso mi corazón se alegra y le canto agradecido»

Salmo 28

 

Volvamos a aprender a mirar

Volvamos a aprender a mirar

Integrados cada vez más en un mundo tecnológico, tenemos la tentación de mirar la vida a través de las pantallas de nuestros dispositivos. Incluso estamos modificando el modo en que procesamos la información. Pasamos de una pantalla a otra a toda prisa y convertimos la realidad en una mirada fácil, fugaz y superficial. Y, lo peor de todo, mucha gente mira pero no ve nada.
La sociedad, además, nos entrena para evitar las miradas que no nos gustan. La pantalla se convierte en una barrera para que no nos ensuciemos las manos. Nosotros decidimos si queremos ser testigos del sufrimiento de otras personas. Si no nos gusta, pasamos a otra pantalla y listos.

Vemos la pobreza e injusticias del mundo de reojo, sentados cómodamente en el sofá de nuestra casa. Durante unos segundos, nos indignamos, sí, pero no hacemos nada porque, sin darnos cuenta, ya hemos cambiado de pantalla.

Así, se nos escapa el mundo de las experiencias directas y los vínculos afectivos. Nos estamos olvidando de tocar la vida. Estamos dejando de sentir los latidos del corazón. Nos estamos perdiendo la vida en directo. Sin duda, ver el mar in situ es más hermoso que a través de una pantalla.
Hay que volver a aprender a mirar. Y en verano, con más tranquilidad y rodeados de naturaleza, es un buen momento para hacerlo. Aprender a mirar es fijar los ojos verdaderamente. Es abrir la ventana de nuestra alma. Es amar todo aquello que nos ha sido dado. Maravillarse por lo que nos rodea, como los bebés, que se quedan observando embelesados cualquier objeto que descubren, como si fuera lo más extraordinario del Universo.

Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día.Y, de manera particular, en nuestro prójimo. Aprender a mirar es viajar a las profundidades del corazón para ver mejor lo que está fuera.

Pero también es confiar, creer en lo que no se ve. Si lo hacemos, como dice san Agustínla recompensa será ver lo que uno cree. Porque quien contempla a Dios, aprende a descubrirlo también en los demás.
Aprender a mirar es hacer visible ese mundo en que hemos convertido a los más desfavorecidos en personas totalmente invisibles. Intentemos mirar ese mundo con los ojos de Jesús, que miraba a los más vulnerables y se compadecía de ellos, porque estaban perdidos y abandonados como ovejas que no tienen pastor (cf. Mt 9,36).

Ya decía san Juan de la Cruz que el mirar de Dios es amar. Y es que solo el amor puede hacer visible lo invisible. El papa Francisco, en numerosas ocasiones, nos invita a contemplar el mundo con los ojos de Dios. Es la mirada de su amor incondicional, compasiva, benévola y misericordiosa. En esa mirada cada ser humano descubre su dignidad y el sentido de su existencia: ser amado por Dios. Y con esa mirada también tenemos que aprender a mirar a nuestro prójimo.

¿Si la biblia hablara sobre ti, la leerías?

¿Si la biblia hablara sobre ti, la leerías?

Constantemente nos acercamos a la Biblia y se nos dificulta comprender algunos pasajes, esto nos hace ver su mensaje como algo lejano o destinado solamente a los estudiosos. También nos dejamos llevar por tendencias que conducen a una lectura simplemente histórica o literaria, lo que reduce la grandeza de esta obra que en definitiva, es Palabra de Dios que nos habla directa y personalmente.

Quisiera que meditaras en estas preguntas por un momento: ¿Has intentado leer la biblia en tu oración personal o en tu tiempo libre?, ¿Piensas que es un texto antiguo que ya no tiene validez o que fue dirigido a personas de otro tiempo?, ¿crees que es una obra difícil de encarnar? Tranquilo, no eres el único que puede pensar de este modo, por eso hoy quiero compartir contigo cuatro importantes ideas que debes tener en cuenta sobre la dedicatoria más grande que nos hizo el Señor: la Biblia.

1. La Biblia es una obra pensada para ti

La Escritura es una obra escrita por Dios, como sabemos, la palabra «Biblia» viene del griego (βιβλία) y hace referencia a un conjunto de libros.

¿Entonces todo un conjunto de libros ha sido pensado solo para mi? Sí, cuando los hombres inspirados por Dios han puesto por escrito todo lo que Dios les ha revelado, han plasmado allí lo que el Señor ha querido decirte y cómo Él ha querido demostrarte su amor. En definitiva podríamos decir que la Biblia, es una historia de amor que se desarrolla entre el Creador (Dios) y la criatura (Tú).

2. ¿Es una obra antigua?

Si bien es cierto que la Biblia fue escrita hace ya bastante tiempo, esto no da pie a pensar que es palabra pasada de moda, es eternamente actual. Pues Dios en su sabiduría infinita, la ha inspirado pensando en cada uno de sus hijos y movido así por su gran amor, ha querido que ella hable a los hombres de todos los tiempos y lugares.

¿Un texto de hace cientos de años, me puede hablar hoy? Suena extraño, pero la respuesta es sí y lo hace de la manera más sabia y cercana posible, pues es Dios mismo quien nos habla. Sacarle provecho a la Biblia puede cambiar tu vida para siempre.

3. Tú historia está escrita en estas páginas

En este punto, quisiera darte un consejo a la hora de leer la Biblia: cuando quieras acercarte a la Palabra de Dios, permítete un tiempo de silencio y oración en el que puedas sentir la asistencia del Espíritu Santo en ti. Luego, al leer el texto que hayas elegido, interioriza cómo lo que dice allí se configura con tu historia de vida, tanto pasada como presente, y cómo esto puede beneficiar tu futuro, tu proceso de conversión y acercamiento a Dios.

¡No olvides que la Biblia fue escrita pensada en ti! y por tanto siempre tendrá algo que decirte.

4. Leer la biblia, influenciará tu vida

Quiero decirte que al momento de leer la Biblia y comprender que te habla de una manera directa y personal, ella como letra viva, se encarna en tu vida y te permite afianzar tu camino espiritual, de tal manera que aquella palabra que lees se hace una contigo y así el Señor obra en ti. La Palabra de Dios sella nuestro corazón, cala hasta lo más profundo y se posa allí como una pequeña rosa, a la que hay que rociar constantemente con agua, una vez que logras compaginar tu vida cotidiana con las Escrituras, te sentirás sediento de la Palabra.  

Si quieres entablar una conversación con Dios y conocer cuál es su voluntad en tu vida, aquí va un buen consejo: te recomiendo que todos los días te tomes un momento para leer un pasaje bíblico, puedes tomar nota de una frase o palabra que te llame la atención y meditarla durante el día. 

Relacionar nuestra vida cotidiana con la fe y las Escrituras, puede costarnos un poco de trabajo ¡pero tranquilo! para eso estamos aquí, para ayudarte. Te invito a participar en la conferencia online «Luces para cultivar mi fe desde las enseñanzas del Antiguo Testamento» allí comprenderás que la Biblia no es solo un libro que habla de Dios, sino una fuente inagotable de sabiduría, amor y esperanza.

¡No te arrepentirás de acercarte a esta gran carta de amor que Dios te ha enviado!