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El adulterio, divorcio y que es lo que piensa el Señor sobre ello.

El adulterio, divorcio y que es lo que piensa el Señor sobre ello.

El adulterio es una falta grave dentro del matrimonio. Este comportamiento causa gran sufrimiento en nuestras parejas, sus heridas pueden dejar cicatrices a largo plazo.

Desde el cristianismo hay posiciones encontradas respecto a si el adulterio debe terminar en la separación de la pareja.

Algunos aseguran que Jesús permitió que las parejas en adulterio se separaran, pero hay otros que aseguran lo contrario.

Jesús habló sobre el adulterio en Mateo 3: “Y yo les digo:

‘cualquiera que se divorcie de su esposa, excepto por inmoralidad sexual, y se case con otra, comete adulterio’.

Sin embargo, John Piper, dice que el griego utilizado en las escrituras, revela que Jesús no veía como un motivo de separación el adulterio, sino la fornicación, en otras palabras, una pareja podría separarse si al enterarse de  que su esposa o esposo tuvo relaciones antes del matrimonio.

Por otro lado, también vale la pena acotar que Jesús aborrece el divorcio y lo indica a lo lago de las Escrituras.

Además, Jesús, deja claro que una pareja al divorciarse si está con otra persona comete adulterio.

El adulterio y el posterior divorcio lo que haría es aumentar el nivel de dolor y de pecado.

Sin embargo, en la Biblia no existe alguna instrucción que inste a las personas a tolerar la infidelidad de su pareja, de hecho, Deuteronomio 21:1-4

nos permite entregar carta de divorcio.

Deuteronomio 24:1-4: “Cuando alguno tomare mujer y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, y se la entregará en su mano, y la despedirá de su casa.

Cuando se presenta una situación que amenaza con el fin del matrimonio, la pareja debe entrar en oración intensa.

Además, las persona afectada si desea separarse no debe ser juzgada o apartadas como si fuese quien cometió el adulterio.

Sin embargo, puede ocurrir que la pareja se separe y el matrimonio se restaure a futuro, eso dependerá de los involucrados.

El perdón también es parte de lo que nos pide el Señor, así que no necesariamente el adulterio puede causar la separación

pero dependerá de cada pareja y de la voluntad del Señor si permanecerán unidos o no.

¿Cuándo rezas el Rosario, te desbordan las emociones?

¿Cuándo rezas el Rosario, te desbordan las emociones?

Los misterios son esos momentos en los que Dios se hace presente en mi camino, en mi vida, revelándome sus deseos, sus sueños, su amor hacia mí.

Son esos momentos sagrados en los que en medio de la noche rompe la luz de la esperanza que brota de su corazón de Padre, del corazón de María.

En esos momentos duros comprendo que la cruz bendice el mundo aunque no lo entienda, sigo buscando respuestas, sabiendo que no vendrán. Pero comprendo que sólo Dios sabe lo está pasando en la oscuridad que vivo cuando sufro.

Recorro también esos misterios alegres, momentos llenos de luz en los que el cielo se hace presente en medio de la tierra. ¡Cómo olvidarlos si en ellos toqué la piel de Dios en piel humana! Momentos de Tabor donde el misterio se me revela y veo a Dios sonriéndome.

Acaricio en las cuentas también esos instantes en los que las decisiones tomadas se hacen vida. Misterios sagrados en los que comprendo que Dios pasa de forma silenciosa en medio de mis dificultades, en medio de mis cruces y alegrías y me muestra el camino a seguir, a veces con dudas.

Acaricio también esos misterios de esperanza en medio de este mundo tan desesperanzado.

La verdad es que recorrer los misterios de mi vida me confronta con el Dios de mi camino. Él va caminando conmigo siempre y va tejiendo un tapiz, una obra de arte. Él y yo los dos en el mismo camino, en la misma barca.

Por eso me gusta acariciar las cuentas del rosario alabando a Dios y alegrándome con María. Sin ellos mi vida se queda vacía y el camino deja de contar con su presencia.

Al repetir esas alabanzas cadenciosas del rosario el alma se llena de gratitud y brota súbitamente el silencio.

¡Cuánto me cuesta callar para poder tocar a Dios en el silencio! No sé bien cómo sucede, pero acariciando las cuentas de mi rosario, Dios me acaba susurrando no sé bien que cosas. Quizás no son muchas, sólo las importantes.

Me dice que me quiere, que me ha elegido, que en cada cosa que me pasa Él está conmigo y no me va a dejar nunca.

Y así me lleno de alegría, de una paz inmensa mientras acaricio las cuentas de mi rosario. No pienso en nada, no lo necesito. No busco soluciones ni espero sabias respuestas. Y no quiero solucionar mis dudas ni pretendo tenerlo todo claro.

Sólo sé que en ese silencio con Dios recupero la paz y me quedo tranquilo. Dios sabe mejor lo que me conviene más allá de las peticiones concretas que le grito al oído.

Sabe lo que necesito y sufre conmigo en todo lo que me pasa, mientras desgrano las cuentas de mi rosario.

Lo único que me promete es que estará conmigo cada día, ya sea malo o bueno, soleado o lleno de nubes. Camina a mi lado sin soltarme la mano, así como yo mismo no suelto las cuentas de mi rosario.

Y entonces percibo su mano en la mía y me tranquilizo. Seguiré sin tenerlo todo claro, pero al menos se me habrá colado en el alma la paz al pensar en esos misterios de mi historia, en todo lo que ha pasado en mi vida.

Son esos momentos sagrados en los que Dios sale a mi encuentro para decirme que me ama.

Por eso me gusta caminar mientras acaricio las cuentas de mi rosario. Y le doy gracias a Dios por ser peregrino y por ser capaz no sé bien cómo de echar raíces en esa tierra que piso.

Rezar el rosario con María, en su corazón de Madre, calma mi sed, sacia mi hambre y me da una luz para la vida cuando me desanimo y pierdo la esperanza. Renuevo mi alianza de amor con Ella y la vuelvo a elegir.

Sin Ella estaría perdido. Ella sostiene mis pasos, levanta mi mirada y me hace confiar dejando a un lado mis miedos.

Camino y paso las cuentas de mi rosario. Y renuevo mi sí, me alegro por ese Dios que camina conmigo. Y no dejo de esperar su abrazo cada día.

Esa presencia de María en mi camino me va haciendo más dócil a Dios. Va despertando en mi corazón del deseo de entregarme totalmente a sus planes.

Decía el P. Kentenich: «La palabra entrega total. ¿Qué significa? Es la disponibilidad del corazón para consentir a Dios, incluso atendiendo a sus más mínimos deseos».

Para que ello sea posible es necesario aprender a confiar en el silencio de mi oración, en ese diálogo callado con Dios mientras camino.

En ese encuentro personal con María cuando recorro mi vida y Ella va cambiándome por dentro y me va haciendo dócil a los más leves deseos de Dios.

Creo que a veces me puedo enamorar de ciertos ideales que me encienden, de proyectos que despiertan mi deseo de cambiar el mundo.

Puede fascinarme esa gran misión que se abre ante mis ojos, pero mientras no esté profundamente enamorados de Dios, de un Dios personal, todo será muy frágil.

Si la oración no me ata a Dios en lo más íntimo mis propósitos y elecciones no serán tan firmes. Es el amor a la persona lo que me cambia por dentro. Al amor a Jesús hombre, a María hecha carne en mi vida.

Es ese amor único que Dios me hace recordar cada vez que recorro como un niño los misterios de mi vida. Y así me enciendo en ese amor siempre de nuevo. Un amor cálido y profundo, un amor que me transforma por dentro para siempre. Un amor personal que me salva.

Entrega tu corazón a tus actividades, esa entre otras formas de agradar al Señor.

Entrega tu corazón a tus actividades, esa entre otras formas de agradar al Señor.

Llevar una vida santa suena difícil. A veces podemos pensar que la clave para la santidad consiste en rezar la devoción adecuada o un cierto número de rosarios.

El camino a la santidad de hecho es mucho más sencillo que eso, aunque puede ser difícil practicarlo de forma regular.

El sacerdote jesuita Jean Pierre de Caussade escribió en su clásico espiritual, Abandonment to Divine Providence (Abandono a la Divina Providencia), que la clave para la santidad es de hecho bastante sencilla.

Él escribe, “para alcanzar la máxima perfección, la forma más prudente y segura es aceptar las cruces enviadas por la Providencia en cada momento”. En otras palabras, “la verdadera piedra filosofal es la sumisión a la voluntad de Dios que transforma en oro divino todas sus ocupaciones, angustias y sufrimientos.”

Caussade explica, “la santidad, entonces, consiste en querer todo lo que Dios quiere para nosotros. ¡Sí! La santidad del corazón es un simple ‘fiat’, una conformidad de voluntad con la voluntad de Dios».

Esencialmente, está tratando de transmitir al lector que la santidad no consiste tanto en hacer «grandes cosas», sino simplemente en hacer la voluntad de Dios. Esto quiere decir aceptar todas las cruces o tribulaciones que Dios permita, así como todo el bien que mande.

Este tipo de abandono a la voluntad de Dios es lo que ha marcado a cada santo canonizado a lo largo de la historia. Se vuelven humildes alineando su voluntad con la voluntad de Dios, buscando hacer su voluntad por encima de todas las cosas.

Esto implica una cierta confianza en Dios, la certeza de que Dios tiene un plan para tu vida y que te guiará a través de cada momento de sufrimiento y alegría. Significa ver a Dios en todas las cosas, guardando su voluntad en tu corazón.

Como siempre, la Virgen María es nuestro modelo para este tipo de abandono a la voluntad de Dios. Que ella nos ayude a aceptar la voluntad de Dios y a confiar en que él nos llevará a una recompensa eterna y habrán valido la pena nuestros sufrimientos y sacrificios en esta tierra.

¿Es posible comunicarnos con Dios en sueños?

¿Es posible comunicarnos con Dios en sueños?

Dios no nos puede hablar mientras nosotros hablamos. Y como muchos de nosotros somos parlanchines en nuestra oración cotidiana, muchas veces no dejamos espacio para que Dios nos responda, y entonces Dios tiene que hablarnos en sueños

Los sueños, la adivinación, la magia y la hechicería

Pero ¿no está prohibido interpretar los sueños? En la Escritura tenemos varios ejemplos de Dios prohibiendo la interpretación de Sueños. Como cuando dice «No hacer caso de vuestros soñadores que sueñan por cuenta propia» (Jer. 29.8).

«Los sueños vienen de las muchas tareas», dice Eclesiastés 5,2; y «a muchos engañaron los sueños, y cayeron los que en ellos esperaban» (Eclo. 34,7). O «Aquí estoy yo contra los profetas que profetizan falsos sueños, dice el Señor» (Jer. 23,32; cf. Zac. 10,2; etc.). 

Pero Dios nos da a entender en otros pasajes de las Escrituras que sí nos habla a través de los sueños. El ejemplo que pone Cotelo es uno de ellos, pero la Escritura está ¡plagada de soñadores que entendieron que los sueños que soñaban eran proféticos!

En el antiguo Testamento Abimélek (Génesis 20,3), Jacob (Gén. 28,12; 31,10), Salomón (1 Rey. 3,5-15), Nabucodonosor (Daniel 2,19). Daniel (Dan. 7,1), nuestro querido san José (Mt. 1,20; 2,13), san Pablo (Hch. 23,11; 27,23), etc.

Además, Dios manda a José a interpretar los sueños del Faraón… entonces, ¿En qué quedamos, mi Buen Dios? 

Un poco de contexto histórico

«Los sueños, sueños son», como diría Segismundo en «La Vida es Sueño», entonces tenemos que ver cómo y dónde se utilizaban los sueños en el mundo antiguo para conocer por qué las prohibiciones de Dios en el Antiguo Testamento.

Los sueños eran utilizados frecuentemente en los pueblos paganos de la antigüedad para «adivinar» el futuro, o para «comunicarse con los espíritus», que probablemente no eran otra cosa que los demonios.

Entonces, los hechiceros, los oráculos y los charlatanes de la antigüedad podían conocer el futuro o engañar a la gente utilizando la adivinación y la interpretación de los sueños. Contra este tipo de hechicería, magia y adivinación, nos advertía el Señor en el Antiguo Testamento.

Pero también elegía a algunos Profetas o algunos santos y les hablaba en sueños. Los santos y Profetas entendían perfectamente que era un mensaje divino, y actuaban en consecuencia. 

¿Todos los sueños son de Dios?

Anoche soñé que iba en un tren que chocaba contra un puente y me tenía que bajar en un pueblo del medio oeste Norteamericano, donde al comprar comida me daban billetes falsos contra los dólares que yo les daba.

¿Qué me habrá querido decir Dios?, ¿que no viaje en trenes que pasan por debajo de un puente?, ¿que no compre comida en el medio oeste Norteamericano?, ¿que me fije bien cuando haga transacciones comerciales para que no me estafen?

¡Nada de eso! Los sueños son un fenómeno fisiológico normal y frecuente. No tenemos que estar constantemente buscando significados ocultos o interpretaciones esotéricas que nos puedan «significar» algo.

Como bien señala Cotelo en el video, el significado del sueño tiene que ser claro, es decir tiene que estar directamente relacionado con nuestra vida, y probablemente indicarnos un camino de acción.

Por eso Cotelo habla de una «misión» dentro del sueño, que tiene que ser necesariamente clara para comprender que el sueño es un sueño de Dios.

Mucho mejor que los sueños

Como bien indica Cotelo, a veces a Dios no le queda otro remedio que hablarnos en sueños porque en nuestro trato cotidiano con Él no lo dejamos meter ni un bocadillo en el monólogo que llamamos oración.

En nuestra charlatanería de oración tenemos que dejar espacios donde Dios pueda contestarnos. Porque si nuestra oración consiste solamente en decirle a Dios nuestras inquietudes, pedirle por nuestras necesidades y agradecerle por lo que nos dio, nos estarían faltando dos partes importantes de la oración: la adoración y la escucha.

¿Qué clase de desconsiderados seríamos si vamos a hablar con nuestro papá, le decimos qué nos preocupa, le pedimos dinero, le damos las gracias y nos vamos? ¡Seguramente nuestro papá se enojaría con nosotros!

Pero Dios es bueno (infinitamente más bueno que cualquier papá) y entonces busca la oportunidad para «meter la cuchara» en nuestro monólogo, y si no lo logra, entonces nos habla en sueños.

¿No sería mejor aprender a escuchar a Dios?

¡Por supuesto! De este modo sabríamos qué es lo que quiere de nosotros. El Buen Dios no tiene que recurrir a medidas extremas para poder comunicarse con nosotros, y nosotros deberíamos poder escuchar a Dios mucho más frecuentemente.

Uno de los medios que tenemos es aprender a orar. Me dirás «Pero si yo ya sé orar: sé el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria». ¡Y claro, con eso puedes rezar el Rosario, que es una oración poderosísima!

Pero para poder realmente escuchar a Dios, a veces no basta con recitar las oraciones del Rosario y meditar en los misterios de la vida de Cristo. Hay que aprender a orar para que Dios nos escuche y para que podamos escucharlo realmente.

Para eso te recomiendo mucho nuestros cursos «Aprende a Orar con la Sagrada Escritura» y «Aprender a Orar con los Salmos» donde podrás aprender a orar «como Dios manda» 😅

Otro modo extraordinario para escuchar a Dios

Otro modo maravilloso que tiene Dios de comunicarse con nosotros, y que debería ser mucho más frecuente para todos los católicos, son los Ejercicios Espirituales Ignacianos.

Son un momento donde deliberadamente buscamos el silencio, la paz interior y tenemos meditaciones que nos ayudan a dirigir nuestra atención y nuestro corazón a lo que Dios quiere de nosotros.

En ese lugar y espacio, Dios «nos lleva al desierto», y nosotros nos preparamos mejor a escuchar su voz. ¿No sería maravilloso que al menos una vez al año nos hagamos un espacio y un tiempo para poder escuchar la voz de Nuestro Padre que nos ama y que quiere que demos fruto y que ese fruto sea abundante?

¡Si solo el 10% de los cristianos nos decidiéramos a hacerlo una vez al año, entonces, con seguridad cambiaríamos el mundo de un modo significativo!

Esta son otras formas de comprender la importancia de la oración

Esta son otras formas de comprender la importancia de la oración

Cuántas veces, los que tenemos cierta práctica de oración, nos lamentamos, incluso nos recriminamos diciendo: «No he rezado lo que debía», «me faltó mi rosario», «hubiese querido rezar más», etc.

Y cuántas veces, al acercarnos al confesionario, hemos pedido perdón al Señor, por haber sido displicentes con nuestra vida de oración, y dedicarle tan poco tiempo para una relación personal de amor que necesitamos.

Les quiero compartir algo que estuve meditando y rezando sobre esa necesidad que tenemos, como personas de fe, de rezar.

Sabemos que la oración es como el oxígeno, que necesitamos para vivir

Sin la respiración morimos. Con las justas, nos aguantamos un minuto. Así mismo, nos sucede con la comida o el agua. No podemos pasar muchos días sin comer al menos un pedazo de pan, y ni qué decir del agua.

Entonces, si es algo tan claro para nosotros, que la oración es fundamental, y difícilmente crecemos en nuestra vida cristiana sin rezar, entonces, ¿por qué no la tenemos como lo primero y más importante cada día de nuestras vidas?

Cuando no lo hacemos, nos cuesta mucho más el combate contra nuestros pecados. Nos volvemos superficiales en nuestra relación con Dios.

Nos vamos olvidando el amor que estamos llamados a vivir. Y finalmente, se nos acaba esa gracia del Espíritu, que nos permite reconocer a Dios como nuestra Padre, amar al prójimo como Jesús nos ama y cargar las cruces de la vida.

Estamos llamados a dar gloria a Dios

Como hijos de Dios, nuestra vocación principal, es glorificar a nuestro Señor. La liturgia, que es el culto público que rendimos a nuestro Padre, en Cristo, a través del Espíritu, es la forma como eclesialmente, glorificamos a Dios.

Es el primer mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas. El segundo, también nos invita a esa actitud: guardar el domingo y días de fiesta.

Sin embargo, muchas veces, ponemos nuestras cosas antes que Dios. ¡Ojo! No me refiero a cosas sin importancia… muchas veces, tenemos tantas responsabilidades apostólicas, necesidades en el trabajo, preocupaciones familiares, o quehaceres urgentes… que posponemos la oración.

Por supuesto, no les quiero decir que dejen sus responsabilidades por rezar. Lo que debemos hacer, hay que hacerlo. Es parte de la vida. Son compromisos y responsabilidades que exigen toda nuestra preocupación y atención.

No obstante, Dios es lo primero y es necesario que pongamos en la balanza nuestras prioridades.

Cambiemos el «tengo que rezar» por «voy a adorar a mi Señor»

¿Qué les parece si en vez de pensar «tengo que rezar», pensamos «voy  a tener un encuentro hermoso con Dios»?

Voy a dejar un momento mis deberes y a ofrecer con libertad, voluntad y amor un rato de oración, de moritificación o de penitencia.

Si se dan cuenta, ya no estoy enfocando la oración —simplemente— como algo necesario, sino como un acto de mortificación, una penitencia.

Me cuesta «la vida» dejar esta responsabilidad laboral, apostólica, familiar… sé que debo poner todo mi corazón en eso… Pero, por amor a Dios, voy a renunciar a ese deseo, por más auténtico y correcto que sea.

Renunciaré a hacer o cumplir esa meta apostólica de la manera perfecta como me interesa a mí, porque la gloria a Dios es lo principal.

La práctica de la mortificación como ejercicio espiritual

En el mundo que vivimos, incluso, en la manera como nosotros —cristianos— entendemos nuestra lucha espiritual, creo que hemos abandonado mucho esta práctica tan básica y tradicional de la espiritualidad cristiana.

Quizás la idea de que usos como el silicio o prácticas para mortificar la carne, hayan sido propias de un momento histórico de la Iglesia, nos hagan pensar que ya no es tan necesario cultivarla.

¡Nada más lejano a la realidad! Esa práctica religiosa de la mortificación es tan básica y esencial como la oración. Lo que les invito es a que entendamos la oración misma, como una práctica de penitencia o mortificación.

En el sentido que expliqué arriba. Como una renuncia que hacemos a nuestras responsabilidades para poner en primer lugar, de modo efectivo, la oración.

Si además, a esto le sumamos el hecho de que nuestra cultura actual recalca tanto el sentirse bien, el guiarse por el capricho y los gustos personales, así como creer que la felicidad está en la ausencia del esfuerzo, del dolor y cualquier tipo de sacrificio…

Podemos entender un poquito mejor, por qué se nos hace difícil esa renuncia voluntaria de la libertad, para dedicar minutos del día, al encuentro y relación con Dios.

Recemos por amor y no por deber

Quisiera dejarles una última pastillita espiritual. Quizás les pueda ayudar comprender nuestra vida de actividades espirituales —los sacramentos, el rosario, la lectura de las Sagradas Escrituras, lecturas espirituales, coronillas, etc.—como un acto de amor a Dios.

No lo entendamos como algo que responde a un mero «sentido del deber». Fruto de un cumplimiento burocrático de algunos deberes mínimos para estar a la altura de un cristiano promedio. Eso es lo más absurdo que podríamos pensar.

El llamado que nos hace Cristo es siempre a la vivencia del amor. La perspectiva cristiana de la vida es, fundamentalmente, el amor.

Si no entendemos nuestra vida espiritual, nuestra relación con Cristo y las responsabilidades como cristianos, desde ese llamado esencial, entonces algo está mal comprendido.

Algo está mal en nuestra relación con Dios. Hemos dicho varias veces, como la esencia de la vida cristiana es la relación personal de amor con Cristo. Desde esa vocación brota el sentido del deber. Si amamos a Dios, entonces cumplimos sus mandamientos.

Finalmente, pidamos al Señor su gracia, su fuerza y la acción del Espíritu, para que podamos vivir lo que hemos reflexionado.

Si dependiera solamente de nuestras fuerzas, todo esto sería literalmente imposible. Pero Dios, para quién no hay imposible, nos da las fuerzas para vencer cualquier situación.

La oración es el manantial que nos da vida en tiempos de sequia espiritual

La oración es el manantial que nos da vida en tiempos de sequia espiritual

¿qué es la sequía espiritual?

Muchas veces, sentimos que nuestras oraciones son escuchadas, sentimos que «estamos en sintonía» con Dios, y vemos que obtenemos fruto de nuestras oraciones. Del mismo hecho de rezar surge un consuelo espiritual enorme, y rezar se nos hace «fácil» y gustoso.

Pero hay momentos en los que Dios parece «retirarse», en los que sentimos que nuestras oraciones no son escuchadas, que Dios no presta atención a nuestras peticiones, y ya no sentimos consuelo en las oraciones.

Sentimos que Dios, que es omnipotencia amorosa nos «deja de querer» y se separa de nosotros. Sentimos a Dios lejano y nuestra vida se parece a un desierto, donde no hay nada vivo, donde toda esperanza es calcinada por la indiferencia de Dios.

Esos momentos de «soledad espiritual» de «sequía» son precisamente en los que más necesidad tenemos de Dios y muchas veces corremos peligro espiritual.

¿Cuál peligro espiritual? Amargura, desaliento, desesperanza, que nos pueden llevar a alejarnos más de Dios.

Entonces esta oración es un llamado a la alegría, a no desalentarnos, un llamado a la esperanza y a pedir a Dios, por más que lo sintamos lejano o ausente.

¿Por qué Dios se «retira»?

Dios quiere que lo amemos. Pero no quiere que lo amemos porque nos «da cosas» o porque nos consuela o nos calma.

Quiere que lo amemos porque es un padre amoroso, un padre que en primer lugar nos dio la vida, y luego, todo lo demás.

Si en un momento de nuestra vida nos parece que «no nos da lo que le pedimos», entonces corremos el riesgo de convertir a Dios en un empleado nuestro.

En alguien que está allí para satisfacer nuestros caprichos, y no como el padre que nos da lo que realmente necesitamos y nos hace bien.

Un santo sacerdote me dijo que Dios, ante nuestras oraciones tiene tres respuestas posibles:

— La primera respuesta es «sí». Cuando nos da lo que necesitamos en el momento que lo pedimos, es la más frecuente y normal.

— Luego, la segunda respuesta es «todavía no». Porque no nos conviene todavía, porque quiere que seamos más insistentes en la oración, porque necesitamos ser más agradecidos con todas las necesidades que nos regala cada día.

— Y la última respuesta que nos da el Buen Dios es «tengo un plan mucho mejor». Dios nos conoce más íntimamente que nadie, y conoce cuáles son nuestras necesidades, incluso mejor que nosotros.

Muchas veces le pedimos algo que Él en su infinita sabiduría, sabe que no nos conviene, y no nos lo da. De modo tal que nos da algo mejor, mucho mejor que lo que le pedimos.

Lo que tenemos que saber hacer es reconocer que eso que pedíamos tal vez no nos convenía. Y que nos convenía una cosa diferente, una cosa que en el largo plazo y teniendo mirada sobrenatural, conviene más a nuestra salvación eterna, que es la mirada de Dios.